En este último año me he encontrado muchas veces escuchando a personas mayores y llorando. Al principio era porque me recordaban a mi abuela, que falleció hace lo que se siente como no tanto, pero después trascendió eso. Les escuchaba porque con ellos lloraba una muerte, pero no la de mi abuela. No la de ningún ser humano.
Los ancianos me cuentan -en persona, en la radio o en prosa- lo que fue vivir su juventud. Hasta hace poco, lo primero en lo que pensaba yo sobre los años 30 y 40 era en las bombas, la hambruna, el miedo. ¿Pero qué son cuatro años de guerra en la vida de un niño? ¿Qué es el contexto del mundo a una edad en la que lo más importante siempre ocurre, como mucho, unos días más adelante? La pérdida de un padre es la pérdida de un padre, ya sea en la guerra, de cáncer o por cobardía. De todas maneras todos hablan más de sus madres.

Quizá los que tuvieron malas infancias ya murieron o no quieren hablar. Quizá han tenido tiempo para sanar sus heridas, o no las saben reconocer, o no les da(ba)n tanta importancia. Quizá eran menos profundas porque lo importante siempre fue la comunidad y no el ego, y no esperaban del mundo más que una carcasa donde vivir: si no esperas nada, difícilmente te pueden decepcionar.
Quizá el aire del campo sana más que los antidepresivos.
Sea como fuere, siempre hablan del temible pasado con una sonrisa. Los desfiles no figuran en sus relatos, tampoco las ruinas. Hablan de la tarta de moras de su madre, de las canicas que apostaban con los amigos, de su vestido más bonito o de los árboles que escalaban. Las chuches, más ácidas que dulces, los peniques por hacer recados, el primer amor -formal porque no sabían otra manera de mostrar respeto-, y las calles en las que corrían, jugaban y zanganeaban, siempre acompañados.
Nunca dicen «nuestra vecina de al lado», dicen «Paquita, la madre de Rodrigo y Angelines, la que vivía al lado». No se lo aprendieron de memoria, como tendríamos que hacer nosotras.
¿De qué vamos a hablar nosotras cuando nos pregunten nuestros nietos, o los nietos de nuestras amigas? ¿Hablaremos con ellos siquiera?
El pasado obviamente no era ideal. Hay mucho que se guarda en silencio, con vergüenza o con alivio de que con el paso del tiempo el dolor se haya apaciguado o de que cada vez quede menos gente que lo recuerde. Pero sobre eso pasan como una brisa: las cosas eran difíciles, sí, pero teníamos esto o lo otro. Teníamos a este o a aquella.
Al final lo que perdura a lo largo de la memoria son las personas. La sensación de no estar sola a pesar de todo. Echen lo que te echen. Por eso cuando lloro, no lloro por una persona concreta. Lloro por un modo de comprender la vida que está en extinción.
Me resulta indescriptiblemente triste que a raíz del trabajo (para el que, trabajemos donde trabajemos, somos sustituibles), del capitalismo, cada vez vivamos más aisladas. Como la mujer que idealiza a su abusador porque le han comido la cabeza la sociedad, las películas de princesas y su pareja misma, nos hemos creído la historia de que el trabajo nos hará felices. De que para serlo, de hecho, tenemos que sentirnos útiles y de que para eso es indispensable tener trabajo.

Algunas personas mayores mencionan su trabajo en las entrevistas que escucho, pero son pocas y no suele ser algo central en la historia de su vida. Suelen ser cosas como:
Trabajaba de camarero en el restaurante donde el jefe de mi esposa tenía todas las reuniones con clientes. Ella venía a tomar notas y siempre pedía café de postre. Un día le escribí en su servilleta que si querría tomarse un café conmigo en lugar de con él y me respondió que sí. La recogí a la salida del trabajo y aquí estamos.
Y ya está. No más menciones al trabajo. Solo es un medio para conseguir lo importante: la atención de la mujer de su vida, el inicio de una familia, la posibilidad de un futuro acompañados. También está la versión de la amistad, en la que el trabajo fue el lugar donde dos amigas inseparables se conocieron. Pero el trabajo muy rara vez es el centro de las historias de la gente mayor, al contrario de lo que nos querrían hacer creer las biografías de los magnates de la tecnología o los políticos de turno.
Qué ironía, pues, que estemos enganchadas a los vídeos sobre cómo ser más productivas, las rutinas de escritura que consisten en levantarse a las cinco de la mañana, que dediquemos horas y horas de nuestra vida a destacar para que nos asciendan, que digamos «no tengo tiempo» cuando nos dicen de quedar, cuando nos instan a cuidarnos y hacer deporte, cuando nuestros hijos requieren nuestra atención, cuando nos preguntan por qué ya no leemos. ¿A qué le estamos dedicando nuestro tiempo? A algo que, cuando estemos sentados en el sofá de nuestra casa o de la residencia de ancianos, será una nota de página en nuestra vida. Ocho horas al día, cinco días a la semana, que no serán ni dos minutos en la historia de nuestra vida.
Estamos tan metidas en esta rueda del trabajo y la productividad que habrá gente que al leer esto se enfade o piense que estoy alucinando. ¡Si no hay nada mejor que el dinero! El dinero es maravilloso, claro, porque hemos creado un sistema social para que así sea. Pero aun así, el dinero no supera a la conexión humana.
Así que supongo que, si has llegado hasta aquí, lo que me gustaría es que pensaras en lo que estarías haciendo si no tuvieras que trabajar. Que pienses en las personas de tu vida, en si querrías pasar más tiempo con ellas si pudieras. Y si es así (si estarías haciendo otra cosa si no fuera porque necesitas dinero para sobrevivir, si estarías dedicándole tu tiempo libre a tus amigas, a tu familia, a tu pareja) que lo hagas. Los pequeños pasos te llevarán lejos: reserva unas horas del fin de semana para pintar, impepinables. Planea salir a tomar algo con tu pareja una vez a la semana, por barato o corto que sea. Apúntate a la clase de baile, apaga tu teléfono del trabajo a partir de las cinco y lleva a tus hijos al parque. Haz lo que realmente te llena, haz lo que recordarás con cariño cuando tengas ochenta años, haz lo que te gustaría contarle a tus nietos (o los nietos de tus amigas) con una sonrisa y el corazón contento. El tiempo pasa más rápido de lo que pensamos.

Deja una respuesta