Celibato femenino: no confundamos autoprotección con puritanismo

Ante toda revolución surge una contrarrevolución. Una de las características definitorias del status quo es que quiere mantenerse. A los humanos el cambio nos da miedo, y en consecuencia nos resistimos a él incluso cuando sus consecuencias son en nuestro beneficio. Por eso no es de extrañar que frente a la revolución sexual que hemos estado viviendo aparezca una contrarrevolución sexual. O más bien debería decir dos.

Una de estas contrarrevoluciones viene capitaneada por las mujeres, sobre todo las más jóvenes. La otra por los de siempre. Una de ellas me parece verdaderamente revolucionaria. La otra no es más que el estado previo de las cosas disfrazado de modernidad y preocupación por las mujeres. Como es frecuente entre los movimientos antirrevolucionarios de derechas, cogen el mensaje de la rama más radical de un movimiento que verdaderamente instiga cambio y le dan un giro que lo neutraliza. Ya se hizo con el feminismo cuando este cogió fuerza hace una década, más o menos, transformando el empoderamiento femenino en la girlboss era y en glam.

Los puntos flacos de la revolución sexual

La revolución sexual actual me recuerda mucho a su predecesora, la revolución sexual de los 60. No hemos cambiado tanto como pensamos. En esta última se reaccionó frene a una época especialmente represiva en la sexualidad, los años 50 en EE.UU., que resurgió, aunque con menos intensidad, en los 90. La purity culture (cultura de la pureza o puritanismo en español) de los 50 defendía cosas como que una chica debe ser virgen hasta el matrimonio, que las mujeres deben ser las guardianas de la pureza, que las faldas deben ser por debajo de la rodilla y los cuellos de las camisetas deben estar bien altos. Quienes crecimos en los 90 y los 00 vivimos algo muy parecido, aunque con la confusión añadida de una publicidad y una producción cultural que sí que había integrado la revolución sexual de los 60. Mientras que las niñas se enfrentaban a los insultos, el ostracismo, las burlas y el rechazo si mostraban ser “demasiado” sexuales, en la televisión aparecían anuncios de mujeres jóvenes chupando el helado de niños de manera provocativa y Britney Spears, Katy Perry y Miley Cyrus eran hipersexualizadas hasta el absurdo (con el consecuente escrutinio y acoso de los medios de comunicación, los padres preocupados y los niños que luego se hacían pajas con los videoclips en sus habitaciones).

Miley Cyrus en una de sus últimas actuaciones en 2024
Muchas consideran a Miley Cyrus un icono ahora mismo, pero no se nos debe olvidar el odio al que fue sometida de adolescente por su cambio de la inocente Hannah Montana a quien es ahora. No solo fueron los hombres quienes banalizaron su transformación, la insultaron y la hicieron de menos

Todo esto crea una disonancia cognitiva terrible para las jóvenes de la época. Debes ser sexual —es lo que los chicos esperan de ti— pero no demasiado, porque sino serás una guarra. Pero si no lo eres lo suficiente, serás una estrecha. Ambas opciones venían de la mano con insultos y suficiencia por parte del resto. No había manera de ganar.

Durante los años de esta revolución sexual (y de la de los 60), lo bueno es que el mensaje era mucho más claro:

Mujer, tienes que ser libre.

Libre según entienden los hombres la libertad, claro. Lo que significa que tienes que probarlo todo, decir que sí a todo. ¿No es lo que habéis estado esperando todo este tiempo? Que no se os juzgue por disfrutar de vuestro cuerpo. Pero en función de cómo definimos el goce nosotros.

Lo malo es que la manera en que los hombres —o la cultura sexual imperante—entienden el placer y la libertad sexual no es la única manera de ejercer la sexualidad, ni tampoco la manera más sana ni placentera para las mujeres de hacerlo.

El dial entre la santa y la puta que tanto caracteriza a la visión de la mujer en el patriarcado no se ha roto en ningún momento, ni en la revolución sexual anterior ni en esta.

Lo único que han hecho ambas, por desgracia y en contra de la presión de ciertos sectores del feminismo, ha sido mover la aguja para cambiar lo que se considera aceptable. Mientras que en los 50 y los 00 la aguja apuntaba más hacia el lado de la santa, ahora apunta más hacia el lado de la puta.

Pero construir la sexualidad entre estas dos categorías es limitante para las mujeres tanto a nivel político como a nivel personal. La decisión de cómo se quiere actuar no podrá ser realmente libre mientras existan expectativas tan extremas y marcadas socialmente como las que se dan en un mundo que juzga en base a esa dicotomía histórica.

Que la revolución sexual actual no ha sido tan revolucionaria como pensamos se ve en el titular del artículo de Oriol Güell en El País, que decía que los adolescentes (masculino genérico) hoy en día tienen más ITS que generaciones anteriores. También se ve en el giro del discurso de muchas influencers y educadoras sexuales. Mientras que antes explicaban prácticas sexuales poco conocidas y reclamaban el derecho de las mujeres a decir que sí sin ser clasificadas de guarras, ahora abogan por una reflexión más introspectiva para cada mujer antes de lanzarse a la piscina. Informan sobre el consentimiento, el deseo y las relaciones afectivas además de acerca de la mecánica del sexo.

¿Cómo hacemos la revolución dentro de la revolución?

Una revolución sexual jamás será revolucionaria de verdad si nace de la perspectiva del propio sistema. Para que las mujeres puedan elegir libremente qué tipo de prácticas quieren hacer, ha de darse otro tipo de educación que no es (solo) sexual y que es absolutamente necesaria. Spoiler: la suspendemos estrepitosamente.

Para que las mujeres puedan elegir libremente, primero tienen que ser el centro de sus propias decisiones. Las mujeres deben aprender a tener autonomía y defenderla, y deben ser el centro de su propia vida. Para que esto suceda debemos educar a las mujeres, sí, pero también a los hombres, puesto que la autonomía femenina plena depende de que cuando estas digan “no”, esa negativa se respete sin presiones ni violencia.

No es imposible: la autonomía masculina también depende de que las mujeres acepten las decisiones de estos y, en general, nosotras lo hacemos.

El celibato por autonomía y el Movimiento 4B

Por desgracia, aún queda mucho para que los hombres aprendan que sus deseos no son los únicos que importan. Por eso hay algunas mujeres, especialmente en los países anglosajones y en Corea del Sur, que han optado por desentenderse completamente de las relaciones sexuales y sentimentales con hombres.

Esta decisión no nace de la ignorancia ni del deseo de venganza, como piensan algunos, sino de una conciencia plena de su derecho a vivir sin ser violentadas.

Si, cuando tienen relaciones, son por una parte insatisfactorias, y por otra, ponen en riesgo su autonomía o incluso su vida, ¿para qué las van a tener?

Esta pregunta da mucho miedo, porque realmente si las mujeres la contestáramos con honestidad, la gran mayoría acabaríamos uniéndonos al club de las célibes. Incluso aquellas que estamos ahora en una relación respetuosa y de cuidados, al echar la vista atrás, seguramente nos demos cuenta de que si esta pregunta nos la hubieran hecho hace algunos años la respuesta hubiera sido igual que la de las jóvenes célibes de hoy en día. ¿Mereció la pena el trabajo y el sufrimiento que invertimos en su momento?

Pareja peleándose
Pero Mari Carmen, ¿por qué no quieres aguantarme más? Si hoy he lavado los platos

Como con todo que surge de la verdadera autonomía de las mujeres, el sistema está intentado fagocitar o anular este “movimiento”. En Corea, donde es un movimiento con todas las letras (Movimiento 4B) con premisas que subrayan que lo personal es político, la tasa de natalidad es tan baja (en parte por el Movimiento 4B, aunque también por otras razones mayoritariamente económicas) que el Gobierno ha tenido que tomar acción. Por supuesto, en lugar de escuchar las reivindicaciones de las mujeres, han optado por violentar a las niñas, dándole así la razón a las mujeres célibes de su país. El gobierno coreano ha propuesto que las niñas empiecen antes el colegio, para así terminar también antes y darle hijos al país al terminar sus estudios. En su cabeza sonaba mejor.

Korean woman dressed un white in a field with white flowers
Así se imaginan los puritanos que debería ser una mujer célibe: dulce, inocente, toda vestida de blanco y en una pradera llena de flores. La realidad, claro, es otra.

En el mundo anglosajón, especialmente en EE.UU., seguramente por su profunda influencia cristiana, la contraofensiva toma otro cariz más religioso. Los creyentes en la pureza femenina han decidido unirse a la fiesta y chafarla. No han entendido nada. Las mujeres célibes que lo hacen por sí mismas han tomado una decisión autónoma para protegerse. Han roto el dial de la santa y la puta porque les da igual cómo se las considere: lo que quieren es vivir tranquilas. Estos movimientos reaccionarios buscan lo contrario. Buscan mover la aguja del dial de nuevo hacia el lado de la santa, no por consideración a las mujeres, sino por su propia agenda política y religiosa que en ningún caso considera la autonomía de la mujer como una prioridad.

Ahora que el celibato por autonomía está de moda, el celibato forzado está resurgiendo en el discurso público. Es la manera que tiene el patriarcado de mantenernos en vereda: si no queremos estar sexualmente disponible para los hombres cuándo y cómo ellos quieran, entonces nos restringiremos bajo sus reglas, avergonzadas de nuestro cuerpo y desconectadas de nuestra sexualidad. Pero las mujeres que se adscriben al celibato por autonomía no creen en los mandatos religiosos entorno a la sexualidad. No creen que su cuerpo sea impuro o que el placer merezca castigo, de hecho no tienen por qué abstenerse de practicar la masturbación o tener relaciones sexuales o románticas con mujeres.

Coinciden en que el acceso a su cuerpo está vetado para los hombres por respeto a sí mismas, pero no para que otros las respeten por ser “virginales”, sino porque ellas se quieren lo suficiente como para no acostarse con quien no es capaz de tratarlas como seres humanos.

Mientras que el respeto de las comunidades conservadoras es simplemente cosificación disfrazada (te respetamos siempre y cuando encajes en lo que nosotros pensamos que es respetable), el respeto que ellas sienten hacia sí mismas es genuino e increbrantable por lo que piense la sociedad de ellas. Y una mujer convencida de su valor es verdaderamente peligrosa para el patriarcado.

Sin embargo, en el discurso general y frecuentemente para quien escucha hablar del resurgir del celibato, ambos tipos (el autónomo y el forzado) son lo mismo. Ha existido durante tantos años tan solo el segundo que no se nos ocurre que pueda haber otras razones para abstenerse de tener sexo. Además, la apertura sexual desde el prisma patriarcal está tan asociada a la libertad que la abstinencia nos suena automáticamente retrógrada. La estrategia que usan los grupos reaccionarios de hablar de celibato sin matizar les sirve para consolidar su fagotización del celibato por autonomía. Es perfecta para confundir a la gente y que las jóvenes que tenían cierto interés en este movimiento comulguen con sus ideas retrógradas, o para que rechacen el celibato completamente al escucharlas.

Puesto que en la sociedad actual se tienden a lanzar mensajes cortos y simplistas sobre los movimientos sociales —mensajes digeribles sin mucho pensar y que caben en una diapositiva de Instagram o un tweet—, y asociamos el celibato a la religión, automáticamente pensamos que las mujeres que lo están ejerciendo hoy en día son reaccionarias, cuando no es así.

Esto se exacerba porque, en general, cuando alguien no comparte nuestra visión del mundo cerramos el oído: en lugar de exponernos a ideas contrarias a las nuestras, participamos de mecanismos sectarios en los que desestimamos como locos, tontos o extremistas a los que opinan distinto.

Sin embargo, yo veo el celibato como la maternidad: no tiene por qué ser la opción que tomemos todas, pero las feministas y, en general las mujeres, deberíamos apoyar a quienes lo quieran ejercer desde el punto de vista de la autonomía corporal. Separarse del agresor es una opción perfectamente válida ante la violencia —psicológica, simbólica, emocional, física y sexual— que muchas experimentamos al tener relaciones con hombres.

Rara vez son estas relaciones igualitarias, mucho menos positivas para nosotras.

Estoy convencida de que la razón por la que muchas aún comienzan relaciones con hombres es porque la jerarquía patriarcal de las relaciones (primero pareja, luego familia, luego amigas) sigue imperando en el mundo heterosexual, y las redes de cuidados de amistades siguen siendo escasas. Las mujeres tenemos integrada en la psique la idea de que debemos tener pareja, a pesar de que la realidad nos indica que es algo desgastante e incluso peligroso para nosotras.

El rechazo visceral que provoca el celibato por autonomía es, en parte, nuestra misoginia interiorizada coleteando en nuestra cabeza.

Deberíamos, pues, poder comprender a las mujeres que optan por ser célibes por un tiempo o para siempre, y aceptar su decisión; pero para ello es necesario que desvinculemos el celibato de la religión y el conservadurismo. No dejemos que nos roben una de nuestras herramientas de emancipación. Hablemos del celibato por autonomía y escuchemos las historias de las demás. Podemos aprender mucho de quienes lo practican incluso cuando para nosotras no sea una opción.

Por eso desde aquí os animo a leer más acerca del celibato por autonomía, especialmente acerca del Movimiento 4B.

Si nos respaldamos entre nosotras no nos pueden vencer.


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