“No soy como las otras chicas” no es solo misoginia interiorizada

Fue leyendo Reina del grito de Desirée de Fez (publicado por Blackie Books) que me di cuenta de que la tradicional frase «no soy como las otras chicas» no es una manifestación de misoginia interiorizada, o no solo. En este libro, algo así como un análisis autobiográfico de cómo las películas de terror encarnan los miedos que todas tenemos, la autora cuenta el momento en el que vio por primera vez Twin Peaks (1990).

Al principio de la serie Twin Peaks, el cuerpo inerte de una joven es sacado del río de su pequeña localidad. Sus labios se han tornado de color violeta.

La noche en la que Desirée de Fez ve esa imagen, guarda todas las cosas violetas de su habitación bajo la cama, presumiblemente para no verlas. Presumiblemente, porque se identifica con la joven asesinada de Twin Peaks, Laura Palmer. Ese es el punto de partida de esta serie archifamosa en la que se investiga el asesinato de Palmer.

Portada de Reina del grito de Desirée de Fez.
Portada de Reina del grito de Desirée de Fez

De niña y de adolescente, yo era una friki de los thrillers. Había muchas cosas que mi madre, haciendo su labor de control parental 1.0, no me dejaba ver. Pero las únicas veces que me salté ese control fue con los thrillers y las series de policías. Mi madre fue incansable en su lucha contra el contenido inadecuado hasta que asumió que su hija era una rebelde sin causa, ya en mi adolescencia tardía, así que fue todo un reto encontrar la manera de colarme por su radar. Pero lo conseguí. Y si os digo la verdad, me da rabia admitirlo, pero mi madre tenía razón: ese contenido no era apropiado para una niña, y seguramente tampoco para una adolescente.

En la mayoría de los thrillers, la víctima es una mujer joven: véase Laura Palmer, la joven asesinada de Twin Peaks. Muy probablemente, esto no es una casualidad: las mujeres jóvenes encarnan ese momento tan temido por el patriarcado en el que una niña, la personificación de la inocencia, se transforma en mujer, la personificación de la tentación. Es un imaginario retorcido, pero muestra claramente el mayor temor del sistema en el que vivimos: el momento en el que las mujeres dejamos de ser dependientes y ganamos autonomía. Segar la vida de tantas mujeres de la ficción en ese momento es muy simbólico.

La víctima suele entrar en una de dos categorías: la inocente (muchas veces asesinada antes de «perderse» en la adolescencia o a causa de la depravación de otras personas que se aprovechan de la inocencia de la joven) o la rebelde (que, a causa de los golpes que le ha dado la vida, se ha tenido que crear una coraza aunque ella es dulce por dentro). Es decir, estamos ante la manida y dañina dicotomía de la santa y la puta. Si la víctima entra en la primera categoría, debemos sentir mucha pena por la mujer asesinada. Se valora su inocencia y su incapacidad de defenderse. Si entra en la segunda, su asesinato es consecuencia de su vida arriesgada o cuestionable a la que le arrastraron las circunstancias. En ambos casos deberíamos sentir pena por las víctimas: en el primero, pena por su asesinato, y en el segundo, pena por la vida que tuvo que llevar la joven antes de morir. Ninguna de ellas tiene control sobre su vida. Somos víctimas de unos hombres y protegidas de otros: los investigadores. Somos las princesas de un cuento original de Hans Christian Andersen.

En estas producciones, se alude a la compasión o la pena del espectador, ambas emociones muy pasivas. En ningún caso se pretende despertar la rabia de quien está observando, ni inspirar a la protesta o la rebelión. «Dejemos a la policía hacer su trabajo» parece que dicen, cuando la policía ha sido y sigue siendo ineficiente luchando contra la violencia machista en el mejor de los casos, y parte del problema en el peor.

Muchas de nosotras acabamos amoldando nuestra personalidad a los arquetipos simplistas de la santa y la puta porque es lo que se nos muestra, miremos donde miremos. Construimos por imitación sobre un patrón que nos traiciona. Sin embargo, podría decirse que yo tuve suerte: solo consumí en mi adolescencia un tipo de contenido violento, los thrillers. Es decir, consumí el contenido que, por lo menos, me decía que, fuese «buena» o «mala», la mujer asesinada era merecedora de mi compasión. La víctima suele ser representada con un enfoque más benigno que en otro tipo de contenido violento como son las películas slasher. En estas películas, las mujeres que desafían la norma son castigadas, asesinadas de maneras ultra-violentas y con mucho morbo. La gente va a ver las slasher precisamente por el festival de violencia que representan. Es, en muchos sentidos, una fantasía incel de venganza y control misógino (aunque por suerte en los últimos años esto ha ido cambiando): mueren las Staceys y mueren los Chads. Solo sobrevive la «buena mujer», una definición que ha ido cambiando con los años, pero que en general tiene que ver con la actitud que tenga esa chica respecto al sexo y las drogas. En ese sentido, los thrillers eran más realistas: fueras buena o mala, nunca estabas a salvo.

Yo podía ver los thrillers sin pasar miedo porque en estos las víctimas apenas tienen personalidad, con lo cual es difícil verse en ellas. No me identificaba con la mujer asesinada, sino con los investigadores que intentaban cazar al malo porque los thrillers están pensados justamente así. Mientras que las películas de terror son narradas por las víctimas y, por lo tanto, sentimos el pavor de estas, los thrillers están contados desde la fría mirada de quien quiere resolver el crimen. No comprendí hasta más tarde que los thrillers son el verdadero cine de terror dirigido especialmente a mi mitad de la población: la violencia hacia las mujeres está puesta en la pantalla como se ponen los cadáveres de esas jóvenes sobre la mesa de disección forense.

¿Qué puede dar más miedo que salir un día de casa y jamás volver?

No me identificaba con las víctimas porque los creadores no querían que me identificara con ellas, así que no sentía más que curiosidad por quién era el asesino. Además, yo era demasiado activa, rebelde, desconfiada. Tomaba mis propias decisiones, no era víctima de mis circunstancias. Por supuesto, no era del todo cierto, pero es difícil darte cuenta del extenso condicionamiento del patriarcado cuando has vivido toda tu vida en él y tu córtex no está siquiera del todo formado.

Toma del cuerpo de Laura Palmer con los labios morados fuera del río en Twin Peaks.
Toma del cuerpo de Laura Palmer fuera del río en Twin Peaks.

En definitiva, yo no era ni iba a ser esas chicas asesinadas porque yo “no era como las otras chicas”.

Viendo el contenido que veía y la violencia verbal e institucional a la que se sometía a las mujeres que tenían una vida pública (Miley Cyrus, Britney Spears, Rihanna), si me hubiera identificado con esas chicas desde pequeña hubiera acabado desquiciada, incapaz de salir de casa. “No ser como las otras chicas” no era solo una manifestación de mi misoginia interiorizada ni de mi incapacidad de sentir empatía por las mujeres (porque quienes crean las historias tampoco la sienten). Más bien, la misoginia interiorizada era una consecuencia de mi estrategia de supervivencia: no identificarme con las víctimas. Yo no quería ser Laura Palmer, ni tampoco Britney Spears ni Miley Cyrus. De hecho, no quería ser ninguna mujer porque ser mujer significaba vivir violencia, a veces física a veces psicológica, pero siempre violencia.

Como apenas había mujeres masculinas en la cultura y en el ojo público, parecía que ser menos femenina era más seguro. Sí, te llamaban marimacho, pero al menos no te hipersexualizaban. No te sentías como la gacela acechada por el león. Claro que, mientras seas mujer, da igual qué apariencia tengas, que siempre estarás en peligro por una razón o por otra, aunque eso no lo descubriría hasta más tarde. Las películas con mujeres masculinas o butch eran más difíciles de encontrar.

Mi «no soy como otras chicas» nacía de mi miedo: a correr peligro y a ser menospreciada y encasillada.

No quería que todo lo que se dijera de mí tuviera que ver con mi cuerpo, no quería parecer tonta, ni centrar mi vida solo en los chicos, no quería faldas ni color rosa, ni sentarme horas delante del espejo para tapar el último grano que me había explotado, ni que se me pasara por alto.

Pero sobre todo no quería ser Sandra Palo, ni Marta del Castillo, ni Diana Quer (D.E.P.). La cobertura mediática de estos casos dejó más que desear que C.S.I. No creo que nadie de la prensa se parara a pensar cómo iba a afectar a las niñas y adolescentes ver tantos casos de violencia sexual y asesinatos en las noticias cada día, como no lo pensaron tampoco con el caso Alcasser. Y cuando veo en las noticias los casos que, por desgracia, siguen sucediendo, creo que siguen sin pensarlo. ¿En quién se han centrado las cámaras en los casos perpetrados por «La Manada» y Dominique Pélicot, por ejemplo?

Pensar que “yo no era como otras chicas” me hacía sentir más segura. Estoy segura de que muchas otras niñas y adolescentes sienten lo mismo hoy en día. Ojalá vivamos algún día en un mundo donde ser mujer no venga con tal riesgo asociado que las jóvenes prefieran alejarse de su sexo para intentar protegerse.

¿Te interesa cómo se representa la sexualidad femenina en las series?

Pues entonces te va a encantar A volantazos: sexualidad femenina en las series, mi nuevo libro. En él analizo qué ideas sobre la sexualidad de las mujeres aparecen en Sex Education, Élite, Fleabag, etc. y cómo eso construye la narrativa de la sexualidad de las espectadoras. Como ya sabes, es un tema que me apasiona, que trato en mi blog y sobre el que me informo continuamente, así que este libro es un sueño hecho realidad.

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