El otro día escuché en un podcast que los británicos —o más bien los ingleses, porque los galeses, irlandeses y escoceses están un poco hasta los mismísimos de todo lo que ensalza a la royalty inglesa— tienen un amor delulu por la aristocracia. Esta afirmación es, hasta cierto punto, correcta: la familia real inglesa mueve muchísimo dinero con su merchandaising, tanto de turistas como de locales, y son el centro de gran parte de la prensa rosa británica. La gente quiere saber y, por alguna razón que no alcanzo a comprender teniendo en cuenta la cantidad de impuestos que se van en mantenerles, les tienen cariño. Se involucran emocionalmente en sus problemas de ricos, porque tengas el dinero que tengas, la traición y el dolor de corazón a todos afecta, y eso les vuelve iguales al más común de los mortales. El concepto de república está muy lejos de la mente de la mayoría de los ingleses, estén a favor o en contra de la monarquía: simplemente es que no se ve posible. Sin embargo, aquellas personas a las que escuché afirmar esto decían que ese amor por la realeza era evidente en su producción cultural. Y ahí ya tengo que decir que eso no es del todo cierto.

Entiendo que pueda parecer así: algunos de los clásicos literarios más conocidos del Reino Unido giran en torno a la vida de la clase alta, aristócratas y terratenientes, y las producciones culturales de origen británico que han tenido más éxito en los últimos años, lo mismo. Cumbres borrascosas, Saltburn, Downton Abbey, The Crown, Virginia Woolf y toda la parafernalia de la familia real del Reino Unido parecen darle la razón a esta afirmación. Si a esto le sumamos las producciones extranjeras que toman como referencia la aristocracia o la burguesía inglesa, como Bridgerton o Pobres criaturas (que por cierto está inspirada en el libro del mismo nombre, en el que la trama tiene lugar en Glasgow y no en Londres), apaga y vámonos.
Sin embargo, creo que este es un análisis demasiado simplista de una realidad binaria: posiblemente el Reino Unido es el país de la Europa con una división de clases más marcada, en el cual la brecha entre clase alta y clase obrera además huele mucho a naftalina y nostalgia. El Reino Unido está enamorado de su aristocracia, de la meritocracia que defiende que los ricos lo son porque se lo merecen (¿acaso el resto del mundo no piensa igual?) y del neoliberalismo más atroz, pero dejar el análisis ahí nos deja desalentadas frente a esta realidad y además da por válida una visión obtenida a través del catalejo de lo extranjero.
Como en todo sistema de opresión, los oprimidos están silenciados. Sería muy raro que a los de fuera lo primero que nos llegara del Reino Unido fueran las historias de los grupos sociales peor valorados.

Clásicos británicos aristocráticos o “de ricos” hay muchos, pero no todos dejan a sus protagonistas pudientes en buen lugar. Drácula de Bram Stoker retrata al noble que le da nombre al libro (un hombre extranjero, eso sí) como un chupasangres, un parásito que bebe de las personas que le rodean. “Vampiros” y “parásitos” son palabras que se han usado frecuentemente para describir a la nobleza, que sería incapaz de sobrevivir a su nivel de lujo y tranquilidad sin las hormiguitas obreras que les limpian la casa, les trabajan las tierras, hacen funcionar sus fábricas. La figura del vampiro también tiene una interpretación racista, pero ese es otro tema para el cual os recomiendo escuchar el pódcast sobre vampiros de Rose Sinister (en inglés).
No solo eso, sino que también hay muchos clásicos que tienen como protagonistas al otro lado de la balanza: la clase obrera.
La lucha de clases en el Reino Unido fue brutal, sigue siendo brutal, más que en otros sitios de Europa.
Si una visita los lugares de tradición obrera (los pueblos de la Inglaterra costera o rural) verá vestigios, cada vez más amenazados por la pobreza, el pensamiento neoliberal y la norteamericanización de todo, de lo que en su día fue una comunidad fuerte que oponía resistencia a las clases altas que querían sacarles hasta los dientes. En Newcastle, cuando fui para unas prácticas hace ya casi diez años, tienen un servicio de corte de pelo y sopas calientes para las personas sin techo, por ejemplo, porque se mantiene la costumbre de cuidar a los desfavorecidos, puesto que en una comunidad obrera el siguiente puedes ser tú. La gente que pasa por su lado en la calle no mira para otro lado: les saludan, les dan comida e incluso los niños se acercan a ofrecerles lo que sus madres hayan comprado para quien vive en la calle. Por desgracia, las personas sin hogar en estas comunidades no son pocas. La erradicación de las comunidades mineras y la sustitución de estos trabajos duros pero relativamente bien pagados, por trabajos peor pagados y con poco reconocimiento social forzó a muchos a puestos cada vez más precarios, destruyó las redes de apoyo previas y empujó a muchas personas a meterse en la droga. De ahí que, cuando Thatcher murió, los obreros cantasen por la calle Ding Dong! The witch is dead, la famosa canción de El mago de Oz. ¿Le hubieran cantado lo mismo a un hombre? Probablemente no, pero es que ser de clase obrera no te exime de la misoginia, claro.

Ejemplos de la cultura obrera que han llegado a ojos internacionales hay muchos: Charles Dickens, George Eliot (cuyo nombre real era Mary Ann Evans), Trainspotting, Skins y Owen Jones son solo algunos de ellos. Y esto son solo algunos de los libros y producciones que han trascendido fronteras. Si una ve la televisión pública en el centro de Inglaterra, los Midlands, encontrará muchas otras creaciones que también tienen como protagonistas a personas de clase obrera y sus problemas: Gavin and Stacy, Doctor Martin, East Enders.
Con esto no quiero decir que los británicos no estén obsesionados con la realeza y la aristocracia. Lo están, como lo están casi todas las personas del mundo: la mayoría de nosotros aspiramos a “subir de clase”, sepamos o no que esto es muy poco probable. El Reino Unido tiene el añadido del título de la nobleza (que en EE.UU. no existe porque nunca tuvieron realeza como tal) y de la antigüedad y la estética de su aristocracia, pero aparte de eso, la obsesión por la riqueza y la vida fácil de los ricos la comparten con los norteamericanos y medio mundo más.
Los ingleses están obsesionados con la realeza, sí, quizá un tanto más que el resto del mundo por el prestigio de las instituciones educativas más caras como Oxford o Cambridge, que han sido tradicionalmente territorio de las clases altas y que les han dotado de un intelectualismo inalcanzable para la clase obrera por sus precios prohibitivos. Y claro, si solo la clase alta se puede educar para puestos de responsabilidad internacional, el resto del mundo conocerá solo una parte muy reducida de la cultura británica. Sin embargo, existe otra cultura, existe otra Inglaterra y otro Reino Unido.
Ahora que el mundo se ha democratizado en ciertos sentidos y que podemos consumir cultura de otros lugares con más facilidad, quizá es también responsabilidad nuestra buscar otros productos más allá de los que la élite británica nos ofrece. Quizá no es solo que los británicos estén obsesionados con su aristocracia, sino que nosotras nos hemos tragado ese mundo con patatas y nos hemos obsesionado también. Quizá nosotras también estamos cegadas por la aristocracia británica, con su elegancia anticuada, sus mansiones en el campo y su despreocupación por todo lo que no huele a viejo. Quizá nos toca desemponzoñarnos de esa influencia y buscar más allá. Pero qué interés tiene el Reino Unido si no es el de su aristocracia, ¿verdad? ¿Qué vamos a querer buscar que no tengamos en nuestro propio país? Ay, amiga, hasta ese punto nos han lavado el cerebro. Pero la aristocracia no es lo único que el país de Tolkien y Beatrix Potter tiene que ofrecer. El Reino Unido es mucho más que sus ricos, y cuando escarbes un poco más podrás apreciarlo también.

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