¡Cuidado!
Vaya por delante que esta es mi opinión y que se basa en lo que veo y lo que he reflexionado. No tengo gráficas ni estadísticas, así que take it with a pinch of salt. Tened también en cuenta que esto no es ni mucho menos un artículo en defensa de Karla Sofía Gascón, cuyos tweets me parecen posiblemente delito de odio. Cuando hablo de mujeres canceladas en términos amplios me refiero al odio y las peticiones de despido o castigo a mujeres que han hecho un comentario verdaderamente desafortunado o que tienen una opinión que no nos gusta, no a quienes piden algo similar a una limpieza étnica. Simplemente, su caso sirve de puente para plantear unas preguntas acerca de la cancelación.
Hace unos días salieron a la luz unos tweets de Karla Sofía Gascón, protagonista en el musical sobre narcos Emilia Pérez (2024). Se trataba de comentarios racistas e islamofóbicos que dejan poco a la interpretación. He intentado buscar los tweets originales pero Karla Sofía ha borrado su cuenta de Twitter (o X) y los artículos periodísticos que encuentro mencionan sus «comentarios racistas y xenófobos» pero nadie cita textualmente lo que dijo ni aportan capturas de pantalla, con lo cual me veo obligada en cierta medida a reforzar la dinámica de la cancelación reiterando que la actriz dijo esto o lo otro sin aportar pruebas.
El mecanismo de protección (borrar la cuenta de X) refuerza el mecanismo de señalamiento, porque en la cancelación la mayor parte del tiempo no se cita la opinión o el comentario textualmente y de manera contextualizada, sino que se azuza el castigo en función de lo que otra persona dice que ocurrió.
El director del filme, Jacques Audiard, también ha sido señalado por otros comentarios racistas acerca del español y de México, país donde transcurre su película, pero no parece que esté sufriendo el castigo que sí sufre Karla Sofía.
A raíz de estos comentarios y del panorama general pro-castigo en el mundo digital de izquierdas, se ha levantado un debate interesante acerca de la cancelación:
¿Por qué se cancela a unas más que a otros?, ¿dónde está el límite de la cancelación?, ¿deja espacio al arrepentimiento y el cambio?, ¿es un mecanismo útil para regular el comportamiento social?
Pero para mí lo más interesante de este debate es que haya surgido ahora, a raíz de los comentarios de Karla Sofía, y que la pregunta principal sea «¿por qué se cancela más a Karla Sofía Gascón que a Donald Trump?«. Un día después se unió Kanye West al elenco de «potenciales cancelados que nunca lo serán» debido a que ha admitido abiertamente que es nazi, por no mencionar su actitud dominante en la alfombra roja hacia su mujer, Bianca Censori, a la que le insistió para que se quitara un abrigo bajo el cual llevaba tan solo un vestido transparente. Son tiempos bonitos los que nos toca vivir…
¿Por qué se cancela más a Karla Sofía Gascón que a Donald Trump?
Cuando leí esta pregunta por primera vez (por supuesto, se fue repitiendo de cuenta en cuenta como si fuéramos un coro de loros, sobre todo en stories, así que es difícil referenciarlo), pensé que era retórica. Creo que en parte lo era: Donald Trump es un hombre blanco y rico (Kanye West no es blanco, pero sí es rico).
Tanto Trump como West tienen muchísimo poder e influencia, en parte por su dinero y en parte porque muchos hombres quieren parecerse a ellos: quieren tener mujeres florero que parecen o han sido modelos y tanto dinero que puedan dedicarlo a las cosas más inútiles y absurdas. A los hombres ricos se les permiten (¿su dinero les permite?) cosas que a otras personas (personas pobres, mujeres, personas del colectivo, etc.) no se les permite, y una de esas cosas es tener opiniones violentas u opresivas. No solo eso, sino que se espera que los hombres ricos tengan puntos de vista conservadores y explotadores: sino, ¿cómo se hicieron ricos?
En el mundo actual la riqueza deriva de la explotación de otros y de intentar sacar siempre el máximo provecho posible sin tener en cuenta las circunstancias de los demás. No es de extrañar que los magnates de hoy en día, pues, se alineen con la (extrema) derecha.
A lo largo de los días, la pregunta de por qué Karla Sofía y no Trump se ha ido tornando genuina y se han ido ofreciendo respuestas que, al igual que la pregunta, se clonan de cuenta en cuenta de Instagram. Este es el mismo mecanismo que sigue la cancelación: alguien se indigna, expone algunas razones, y el resto de las redes de ideología similar se hacen eco de esa indignación. Para algunas personas esa indignación será real y profunda, y tendrá consecuencias en la vida real. Para otras, es solo una bandera que agitar al viento para sentirse dentro de un grupo, en este caso, el de los justicieros sociales.
Estoy de acuerdo con los planteamientos que han surgido para responder a esta pregunta, aunque para mí se queden cortos:
- Que asumimos que las personas de colectivos oprimidos o discriminados tienen mayor empatía que los hombres, y mucha más que los hombres blancos, ricos y heterosexuales. Lo vemos como una norma necesaria y cuando no se cumple nos decepcionan y en lugar de cuestionarnos por qué, lanzamos nuestro enfado hacia fuera.
- Que vivimos sus comentarios desafortunados u odiosos como una traición.
- Que esperamos más de estas personas porque las vemos como uno más en la lucha social, aunque no hayan hecho jamás ningún comentario acerca de su orientación política.
Muchas veces veo a gente rechinando los dientes porque su ídolo les ha defraudado. Pero es que ese ídolo no tenía la responsabilidad de gustarte en todos los aspectos de su vida. Depende de nosotras, como consumidoras, elegir qué preferimos hacer, si seguir admirando a esa persona y consumiendo sus productos o no.
La exigencia de coherencia total y empatía son reflejo del mecanismo opresor
Creo que nos toca dar un paso más allá y preguntarnos por qué asumimos esto de personas que simplemente forman parte de un colectivo al que defendemos porque lo creemos vulnerable.
¿Acaso no hemos visto ya infinidad de ejemplos de todo tipo para quitarnos la idea de la cabeza de que una persona, por ser parte de un grupo oprimido o discriminado, es buena persona, o es de izquierdas?
Tenemos a los hombres racializados que comenten violencia de género, los hombres homosexuales que desprecian a las mujeres (incluso a sus compañeras de lucha lesbianas y bisexuales), las mujeres blancas que denuncian a personas racializadas sin pensarlo dos veces, a los hombres de clase obrera que maltratan a sus mujeres o que abiertamente nos explican por qué la lucha feminista es secundaria a la de clases…
No, por estar oprimido no se es automáticamente buena persona. Pero pensar que por luchar por la justicia social o por haber tenido una vida dura lo eres, puede hacer que te vuelvas ciego a tus propias violencias.
No solo eso, sino que cancelar a una persona porque no se ajusta a la imagen de social justice warrior que habíamos proyectado sobre ella (o que ella misma se había adjudicado) -porque comete errores, porque hace comentarios desafortunados, porque enarbola estereotipos, porque se aprovecha de sus privilegios- es justo lo que el sistema opresor quiere que hagamos. Especialmente si son mujeres o parte del colectivo LGBT+.
Las mujeres y las personas del colectivo son representadas como más empáticas, comprensivas, afines a las emociones ajenas, sacrificadas por el bienestar del resto, ellas siempre en segundo plano. Esto es, obviamente, género.
La exigencia de perfección y de empatía es violencia psicológica, especialmente si es un prerrequisito para ser tratada con humanidad.
Una de las razones por las que se cancela más a Karla Sofía Gascón que a Donald Trump o Kanye West es porque de ellos no se espera que sean comprensivos ni empáticos. Esto no es nada nuevo, pero parece que se nos olvida.
La perfección no existe, al menos no en los humanos. Exigirle a alguien perfección para ser respetada es una forma de violencia. Quienes hayan vivido una relación de maltrato, especialmente en la infancia, lo sabrán bien. Con esto no quiero decir que debamos perdonar cualquier ofensa o comentario violento, ni que hubiera que pasar por alto los tweets de Karla Sofía, pero es que Karla Sofía es una excepción. A las mujeres se las intenta cancelar por mucho menos. Por eso creo que debemos plantearnos seriamente hasta dónde exigimos y qué castigo desplegamos ante quienes no son perfectos.
La cancelación frena los movimientos progresistas
Las ideas sociales evolucionan con el tiempo. Lo que antes era una evidencia puede ponerse en tela de juicio. Por ejemplo, muchos pensaban que la violación dentro del matrimonio era imposible porque era obligación de la mujer estar sexualmente disponible para el marido en cualquier momento. Con el tiempo, esta idea ha cambiado y ahora, aunque aún hay mucha gente que sigue pensando parecido, muchas otras personas hablan abiertamente en contra de esta idea y la clasifican donde corresponde: en la cultura de la violación.
En ese sentido, es raro (si no imposible) que alguien haya estado siempre y en todo «al lado correcto de la historia». Sin ir más lejos, mi comportamiento en la adolescencia podría tenerme cancelada de por vida en los sectores feministas.
Si miramos para adentro y para atrás, seguro que muchas, probablemente todas, tenemos cosas que podrían salir a la luz por las que podrían cancelarnos. Errores de la adolescencia, ideas arcaicas, hipocresías de las que somos conscientes o no. Quizá no todas hayamos alentado una limpieza étnica (espero que no, la verdad), pero es que para cancelar a una mujer hace falta mucho menos.
¿Es justo que, si ni siquiera nosotras podemos estar orgullosas de las opiniones o las acciones de nuestro pasado se lo exijamos a otras personas porque son figuras públicas? ¿Acaso ellas son algo más que humanas? Reitero que me refiero a cancelar a mujeres por opiniones que creemos equivocadas o incluso odiosas, no por cometer crímenes ni alentar a otros a hacerlo.
La cabezonería masculina se da por sentado, pero la femenina se castiga con una intensidad que hace plantearse quiénes luchan a tu lado y si no tendrán un puñal en la espalda esperando a que tú te vuelvas el siguiente objetivo.
En este artículo aún no he mencionado a activistas ni teóricas (filósofas, sociólogas, psicólogas), pero todo lo aquí mencionado se puede aplicar a ellas y de hecho se aplica, si cabe, con más fuerza. Las que nos adentramos en este territorio lo hacemos con miedo porque las campañas de cancelación, odio y acoso que sufren las más conocidas resuenan en nuestra mente con cada artículo o post que subimos. Desde Sindy Takanashi a Pamela Palenciano, todas reciben hostigamientos que pueden ir desde comentarios hirientes sobre su cuerpo o su intelecto a amenazas de violación o muerte. Sin embargo, lo que más destacan ellas suele ser el ataque de las personas que, a pesar de las diferencias, deberían estar de su lado: otras personas de izquierdas, otras feministas. Cuando se trata de la práctica, las personas de izquierdas y de derechas no somos tan distintas en las maneras de amedrentar que usamos.
No existe la activista perfecta al igual que no existe la víctima perfecta.
Poseedoras de la verdad absoluta, juezas sin compasión
Cuando cancelamos, solemos asumir que tenemos la historia completa. Aparecen unos comentarios, o simplemente un «tal persona ha dicho pascual», y nos fiamos de quien nos lo cuenta para ir al ataque. Con el tiempo he aprendido que muchas veces hay mucho de interpretación en el mensaje que nos llega a través de intermediarios, especialmente por redes. Por eso es que, cuando alguien hace un llamamiento a la cancelación:
- Si me interesa el tema o la persona aludida, voy a la fuente original. Busco sus mensajes, el vídeo, o lo que sea que ha sacado a esa persona del armario woke. Os sorprenderíais de las veces que ese mensaje supuestamente lleno de odio en realidad es bastante neutro, muestra una opinión disidente de manera respetuosa o está retorcido por las ideas preconcebidas de quien lo leyó y se indignó primero.
- Intento no cancelar a mujeres de manera pública. Como diré hasta la saciedad en este artículo, a las mujeres se les cancela con frecuencia por sus opiniones y no por sus actos. Como a veces es difícil cuando estás en redes mantener la objetividad, prefiero cortar ese comportamiento por lo sano. Si cancelo a alguien, que sea a un hombre por hechos criminales.
- Si veo que las acusaciones son ciertas, analizo. ¿Qué ha hecho esta persona? ¿Opinar, o cometer un crimen? ¿Me parecen horrendas sus opiniones o «solo» desafortunadas? ¿Me siento cómoda apoyando económicamente a esa persona a partir de ese momento? ¿Qué quiero hacer yo cuando nadie me está observando?
Por ejemplo, aunque yo soy abolicionista de la prostitución y la pornografía, no quiero cancelar automáticamente a mujeres que sean pro estas dos instituciones. Hay quienes defienden esas posturas desde argumentos que, aunque no me resulten convincentes, no nacen del odio. Leer sus opiniones o sus obras me puede aportar tanto para mi argumentario respecto a ese tema como en general, porque las personas tienen más de una opinión y estar equivocada (o que a mí me lo parezca) en un campo, no hace que lo estén también en todo lo demás. Que no esté de acuerdo con ellas en un tema no significa que no lo esté en ninguno o que no me pueda nutrir de otras de sus teorías. Y leer opiniones contrarias nunca está de más.

Por otra parte, si sus opiniones me parecen violentas, incluso aunque no sean criminales, puedo elegir no consumir más de sus productos o ideas para no apoyar esos mensajes. Esto es lícito, sobre todo teniendo en cuenta que no podemos leer ni ver todo el contenido cultural que existe. Pero no es un linchamiento en la plaza pública del pueblo: aunque las motivaciones parezcan similares, creo que hay una diferencia abismal en la mentalidad de quienes lo hacen de manera pública y quienes simplemente cambian su comportamiento en privado. Repito que estoy hablando de casos en los que se trata de diferencias de opinión, no en los que se trate de crímenes o comentarios que rayan la apología de la violencia.
Como cada caso es un mundo, no tengo una regla de oro para decidir cuándo sí y cuándo no. Depende de lo que haya dicho y hecho una persona, tanto de lo polémico como de lo positivo que haya aportado. Eso es lo complicado, pero creo que también es lo responsable.
Un ejemplo que me ha dejado pensando mucho tiempo (aún le estoy dando vueltas al tema) es el caso de una conocida psicóloga y teórica feminista estadounidense de los años 70-80 y que aún sigue viva. Me abstengo de decir su nombre porque no quiero precisamente que se la cancele por mi culpa, por muy matizada que sea mi opinión. Admiro muchísimo el trabajo que ha hecho y sigue haciendo cuestionando la institución de la psiquiatría y su trato hacia las mujeres. Fue de las primeras, si no la primera, en decir que la manera en que se diagnosticaba y trataba a las mujeres en el mundo de las enfermedades mentales era deplorable y muy desigual al trato de los hombres. Me parece que su libro al respecto es imprescindible en la lucha feminista y creo que se atreve a opinar de otros temas sin pelos en la lengua, marcando camino.
Sin embargo, el otro día apareció en un podcast en el que decía que Israel tan solo se estaba defendiendo de los ataques al perpetrar el genocidio actual (ella no lo llamaba así) en Gaza. Me costó entender cómo podía ver ciertas violencias tan difíciles de detectar con tal claridad, pero no ver la desigualdad bestial entre Israel y Palestina.
Sus tesis feministas son pilares fundamentales en mi vida como mujer que se metió a estudiar cosas relacionadas con la psiquiatría y la psicología y ese valor es inmutable. No hay nadie que hable con tanta claridad y contundencia de esos temas como ella. ¿Entonces sacrificamos ese conocimiento por su opinión sobre Israel? ¿Qué hacemos con esto?
Una vez se rasca un poco en el tema de la cancelación de ideas, se ve que no es tan sencillo como simplemente cohartar a quienes no opinan de manera correcta.
Y, además, ¿quién define lo que es pensar de manera correcta? Una mirada a la historia debería bastarnos para saber que hubo movimientos que cometieron actos equivocados pero que pensaron que lo estaban haciendo bien en su día. Los misioneros (algunos al menos), pensaban que estaban abiréndoles la posibilidad a los herejes de ir al cielo, que les salvaban de las llamas eternas del infierno. En su día no creo que fuese fácil ver que lo estaban haciendo mal. O ¿cómo les contamos a las mujeres que defendieron «el libertinaje» (entiéndaseme) las consecuencias que su lucha por la libertad ha tenido en generaciones siguientes? Mientras estás en la lucha se ve claro que lo que haces es lo correcto, pero ¿será así también a largo plazo?
Estos ejemplos y muchos otros me han enseñado a ser humilde cuando me encuentro con un nuevo azuzamiento a la cancelación. Prefiero dar un paso atrás, valorar todo el contexto que puedo recabar (si es un tema o una persona importante para mí) y tomar una decisión. Prefiero procesar el dolor de la traición percibida en silencio y después tomar una decisión desde la calma sobre lo que hacer con mi atención y mi dinero.
La cancelación es cosa de la izquierda
Volvemos a la pregunta que dio origen a este artículo: ¿por qué se cancela a Karla Sofía Gascón más que a Donald Trump? Porque a Donald Trump no se le cancela, así de sencillo. Y no se le cancela por varias razones:
El público objetivo de Karla Sofía Gascón y Donald Trump es diferente
La gente que quería seguir la trayectoria de Karla Sofía Gascón no es la misma que quiere seguir la de Donald Trump. Quisiera Karla Sofía o no, ella se había convertido nada más tener éxito internacional en un ejemplo de estrellato para el colectivo trans y para todas las personas que se interesan por los derechos de la comunidad trans. ¿Es justa esa presión? No, pero también es lógico que, si no hay muchas personas como tú en puestos de éxito, tomes como referentes a las que hay, sin tener en cuenta que una persona no es solo trans (o lo que sea): la identidad no es solo una cosa, está constuituida por infinidad de realidades e ideas (Karla Sofia es también, por ejemplo, una persona española emigrada a México).
La identidad no es solo política, además, y la personalidad mucho menos. Creo que hay muchas personas que piensan que por tener ideales de izquierdas son automáticamente buenas personas. Pero siento chafarles el chiringuito, esto no es así. Se puede ser de derechas y buena persona, aunque parezca un oxímoron, y se puede ser de izquierdas y ser un cabrón. Ser buena o mala persona depende de tus ideas y, sobre todo, de tus actos, de cómo tratas a las personas en el día a día.
Pongo un ejemplo que seguramente exista: una mujer a quien le han enseñado toda la vida que las mujeres prefieren estar en casa y por tanto ella lo integró como propio. La enseñanza familiar es de las más fuertes y todo su entorno piensa igual, así que no se cuestiona esa lección aprendida. Se preocupa por las mujeres que "se ven obligadas" a trabajar fuera del hogar porque los salarios han bajado tanto que con un solo sueldo no da para mantener una familia. Sus ideas son conservadoras, pero ella se preocupa por la felicidad de otras mujeres, entonces: ¿es buena o mala persona? Al igual que esta mujer hipotética, hay otras mujeres hipotéticas que creerían que trabajar fuera de casa es incorrecto y que no tratarían bien a las mujeres que lo hicieran... ¿se ve por dónde voy?
El ejemplo contrario: una mujer que defiende a muerte la liberación femenina. Se cruza con perfiles de mujeres que defienden las mismas ideas que nuestro ejemplo de arriba. Les pone comentarios hirientes, condescendientes e incluso insultantes (esto no es tan raro, lo he visto muchas veces en redes, incluso entre personas que están defendiendo prácticamente lo mismo). ¿Es buena o mala persona?
Ponerse la coraza de «persona de izquierdas» es un bonito camuflaje para gente de mierda. Pero creo que se empiezan a caer las caretas. Las ideas dogmáticas lo son vengan de donde vengan. La izquierda debe protegerse a base de razonamientos y esperanza, no de insultos ni de miedo.
Pero a lo que íbamos: el público objetivo de Trump no son las personas de izquierda. Sus seguidores no le cancelan porque dice lo que ellos quieren oír. Y como desde un inicio la gente de izquierdas no es a quien va dirigido su mensaje (al menos no con la idea de convencerles de que le apoyen), no tenemos poder para cancelarle. La cancelación solo surte efecto si viene de quienes al principio te apoyaban, por eso no ha funcionado con Trump ni probablemente funcionará con Kanye West.
Por otro lado, sí parece haber funcionado con Neil Gaiman o con Íñigo Errejón, que han perdido varias oportunidades o han dimitido tras las recientes acusaciones de abuso sexual contra ellos. ¿Por qué? Porque tanto Gaiman como Errejón tenían un público en gran medida femenino y han construido su marca personal alrededor de ser personas sensibles. Han defraudado a su público objetivo y por eso han sido cancelados.
El público objetivo de Trump no es dado a la cancelación
La cancelación es cosa de la izquierda. La derecha, incluso la gente de centro, no tiene parámetros tan estrictos como la izquierda respecto a quien apoya y admira.
Por lo tanto, es absurdo que pensemos que se va a cancelar a Trump por decir cosas fuera de lugar. Sus seguidores le quieren a él no a sus ideas. Solo hay que meterse a YouTube para ver que muchas de las personas que le siguen no saben lo que dice ni lo que apoya más allá del Make America Great Again. Se fijan en una cosa, la que a ellos les convence, y listo. Cuanto más odioso y escandaloso sea, mejor, porque lo que les gusta (al menos en parte) es su personalidad y su mensajería simplona arraigada en el miedo y la competitividad.
Las campañas de silenciamiento de la derecha son distintas:
- Los ricos ponen dinero para que haya ciertos mensajes que se publiciten y otros que no.
- Los que no tienen tanto dinero van a las redes sociales, los emails o los teléfonos que puedan conseguir para empezar una campaña de acoso contra personas de izquierdas, no contra personas de derechas, aunque no piensen exactamente igual. Perro no come perro.
La cancelación es una vuelta de tuerca más a eso de que la izquierda no se puede poner de acuerdo y se dividide en partidos cada vez más pequeños. Es un problema serio a nivel político y activista, porque deja nuestras luchas cojas de cara a la amenaza común y cada vez más poderosa de la derecha y la ultra derecha. Así que sí, es hora de ir revisándose esto de cancelarnos unas a otras por cosas menores (repito que los tweets de Karla Sofía no me parecen menores, pero no suele ser el caso que la cancelación sea a raíz de algo tan evidentemente basado en el odio).
Por qué no estamos haciendo la pregunta correcta respecto a la cancelación
Entonces, ¿es «por qué se cancela más a Karla Sofía Gascón que a Donald Trump» la pregunta correcta? Yo creo que no. Creo que la pregunta más bien es por qué nos planteamos los mecanismos de cancelación ahora y no lo hemos hecho con otras mujeres que han sufrido, sinceramente, una campaña de silenciamiento mayor que la de Karla Sofía.
¿Por qué ante tales aberrantes comentarios de Karla Sofía nos cuestionamos nosotras, pero ante otras acciones y comentarios mucho más apacibles de otras mujeres no hemos dudado en echar espuma por la boca?
Creo que hay muchísimas aristas en esa pregunta, muchas de las cuales me valdrían la cancelación si las pusiera por escrito. A veces hay que hablar de lo innombrable para poder decir la verdad. Pero yo no tengo el poder económico ni la popularidad de Karla Sofía ni de J.K. Rowling ni la mayor resiliencia ante el odio de Internet (de las personas que se esconden al otro lado de la pantalla, debería decir).
Una de estas cuestiones que, a pesar del miedo, creo que es necesario mencionar es que otras personas a las que no se ha dudado en cancelar han dirigido sus ataques hacia las mujeres (incluyendo a las mujeres blancas). Karla Sofía ha dirigido su ataque a la comunidad musulmana, y en general a colectivos discriminados. ¿Quizá a las feministas esto nos remueve menos que si atacan a las mujeres? ¿Quizá eso que mujeres como Noor Ammar Lamarty se cansan de repetir un día y otro también es cierto, y las personas blancas progresistas son capaces de mirar para otro lado cuando se ataca a las personas árabes, sean religiosas o no? Quizá estamos ante un ejemplo de relativismo moral llevado a su máxima expresión.
¿O quizá andábamos a la busca de un grupo perfecto, intocable, que no pudiéramos criticar jamás y se nos han acabado las opciones por lo que debemos cuestionar el proceso de la cancelación en sí mismo? Quizá simplemente hemos topado precisamente con un colectivo que levanta muchas pasiones hoy en día y que, si lo criticamos, pasamos automáticamente al frente enemigo y el miedo nos ha hecho recular. Ese mismo miedo que hemos inspirado en los demás nos rebota ahora delante.
Pero esto, creo, se queda corto también. Porque no es la primera vez que surgen preguntas acerca de la legitimidad de la cultura de la cancelación con cierta repercusión. Las voces en contra se van abriendo paso. Por ejemplo, Raque Ogando cuestionó la cancelación de Errejón y la publicación poco después de un montón de denuncias anónimas de abusos y agresiones sexuales en No publiques mi nombre, un libro de Cristina Fallarás. A ella -Raque- le ofrecieron publicar un libro sobre el asunto más adelante, no sé si al final aceptó el contrato o no.
Cada vez que surge una ola de cancelación que se origina en las opiniones del cancelado y no crímenes perpetrados, hay otra ola de cuestionamientos a la cultura de la cancelación, pero… ¿solo si no son mujeres cis? Con esto no quiero pintar a las mujeres cis como víctimas perpetuas e inocentes de la cancelación, pero sí quiero señalar un patrón que empieza a tomar forma, sobre todo en ciertos perfiles.
Además, la pregunta acerca de por qué se cancela más a Karla Sofía que a Trump me parece una bomba de humo. Es una manera de señalar para otro lado y así no tener que preguntarse por qué nosotras, las de izquierdas, bastiones del bien, parecemos a veces el populacho esperando a ver el cuerpo caer sobre la cuerda atada alrededor del cuello del condenado, para luego aplaudir el show e irnos a casa con la conciencia tranquila.
Nos preguntamos por qué no a Trump porque así no tenemos que preguntarnos por qué hacemos esto, ni por qué se lo hacemos a personas que forman parte de grupos sociales a los que defendemos, exigiéndoles una perfección imposible. ¿Quiere esto decir que debamos pasar por alto las faltas de unos contra otros? No, quiere decir que quizá fuera mejor plantear críticas fundamentadas y de raíces profundas antes de tachar a una persona públicamente para siempre. Opiniones bien justificadas más que insultos y linchamientos. Debates sosegados aunque contundentes y, sobre todo, decisiones personales de consumo más que una hipervigilancia pública hacia toda aquella persona que no se alinea 100% con nuestra visión del mundo.
La diversidad de opiniones es lo único que hace que la sociedad avance porque lo descabellado de hoy es el sentido común de mañana. Y sí, eso también es la base del retroceso pero la censura nunca estuvo del lado correcto de la historia.
Hasta que pase el tiempo no podremos saber si esa nueva opinión alocada era la correcta o no.
Lo que es seguro es que si no permitimos la diversidad de opiniones en los círculos progresistas, nuestro movimiento no avanzará: ni se propondrán ideas nuevas ni las personas que tienen ideas arcaicas dentro de esos círculos aprenderán nada. Las personas oprimidas y discriminadas no tienen la obligación de enseñarle a nadie cómo tratarlas bien, pero a su vez si no se permiten espacios abiertos de debate no cuestionaremos nuestros pensamientos injustos.
Esa es quizá, la labor de lxs aliadxs de cada lucha: ser una coraza para las personas sensibles a las diferentes discriminaciones u opresiones para que no tengan que hacer el constante y drenante trabajo emocional de educar a quienes las violentan.
En su libro Enseñar a transgredir, bell hooks (DEP) explica que un espacio seguro debe ser uno en el que se puedan debatir todas las ideas y todas las preguntas que se planteen, aunque eso conlleve, a veces, el dolor o la ofensa de cierta parte de ese espacio seguro.
La izquierda y los movimientos sociales se han convertido, pues, en lo contrario a un espacio seguro.
Siento que me quedo corta con este artículo porque la cancelación tiene tantos matices, tanta roña que rascar, que es imposible abarcarlo todo en un artículo web. Se necesitaría un libro, que seguro que está al caer, o eso espero, al igual que espero que no se cancele a la autora o autor cuando nos ponga un espejo delante y veamos nuestro feo reflejo en él.
Disclaimer: este artículo tiene un montón de posts de Instagram porque es en redes donde suele comenzar y afianzarse una cancelación.

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