Ya hay mucho dicho, sobre todo en redes sociales, sobre la publicación del libro El odio de Luisgé Martín con Anagrama. Las últimas noticias mencionan que la publicación está detenida indefinidamente, supuestamente porque la editorial lo ha elegido libremente, aunque yo creo que tiene algo que ver la indignación por redes y el boicot del libro en multitud de librerías. Aunque tampoco descarto que, una vez se pase el escándalo, lo saquen discretamente.
No es el objetivo de este artículo adentrarse en la ética de El odio en particular porque muchas personas han analizado ya por qué es tan problemático: el impacto sobre Ruth, la madre de los dos niños asesinados por Bretón (sus hijos), la continuidad de la violencia vicaria a través de este libro, la falta de expertos en violencia de género y un autor que tampoco lo es, la reproducción (posiblemente acrítica) de la versión del asesino y el altavoz que supone Anagrama, lo poco que este libro puede aportar para «entender la psicología de este crimen», ya que no se trata de un ensayo que estudia múltiples casos y porque ya hay muchísimos productos culturales al respecto por profesionales de la psicología y la criminología…
Como todo en redes, además, ha sido una controversia efímera. Sin embargo, creo que si alejamos un poco el zoom, vemos que apunta a una problemática más compleja.
Lo que más me interesa aquí es hablar de un patrón que, por casualidades del mundo editorial, creo que queda clarísimo en este momento. En un espacio corto de tiempo, se ha publicado el libro Y dejé de llamarte papá de Caroline Darian (la hija de Gisèle y Dominique Pelicot), Anagrama se preparaba para lanzar el libro de Luisgé Martín y se ha anunciado la publicación por Lumen (parte de Penguin Libros) de Un himno a la vida, las memorias de Gisèle Pelicot. Como veis, hay un patrón de publicación de casos de violencia de género muy mediáticos. ¿Por qué será?
José Bretón, el asesino entrevistado para El odio, mató a sus dos hijos para vengarse de su exmujer (la madre de los dos pequeños) por querer divorciarse. No voy a entrar en detalles del crimen, porque lo podéis encontrar en Internet y es horrible. Gisèle Pelicot fue violada por más de 50 hombres porque su marido la drogaba y luego invitaba a estos hombres a agredirla. Su hija sospecha que le hizo algo parecido en alguna ocasión. Es decir, en estas historias hay mujeres que salieron gravemente heridas, como mínimo, en lo emocional, víctimas de diferentes tipos o de diferente manera de violencia de género, pero todas ellas presumiblemente con graves secuelas psicológicas.

El daño a la esperanza y la sensación de comunidad de una superviviente es especialmente grave en los casos en los que los eventos traumáticos involucran la traición a relaciones importantes. […] el paciente estaba horrorizado ante la comprensión de que era prescindible para su propia gente.
Trauma y recuperación, Judith Lewis Herman (traducción propia).
La violencia contra mujeres en la cultura tiene un peso importante porque influye sobre la relevancia que le damos, cómo la identificamos e interpretamos. Además, destaca porque en general ha sido representada con narrativas que la justifican, la refuerzan o ignoran su relevancia. Los thrillers, el true crime o la mirada acrítica a grandes figuras masculinas de la cultura como genios «locos», no han ayudado a erradicar esta violencia, sino todo lo contrario: es entretenimiento, es un punto de la trama necesario para que el detective se luzca y nada más, es una pequeña mancha, si acaso, en el expediente de ese artista, o incluso consecuencia de su genialidad, necesaria para crear obras que han marcado la historia del arte. El sufrimiento femenino es una nota al pie de página y da gracias.
Puede parecer, pues, que la publicación de libros como el de Gisèle Pelicot y el de su hija es un cambio positivo, porque al menos ahora hay espacio para nuestro dolor contado por nosotras mismas. Sin embargo, hay que cuestionar qué relatos toman el altavoz y cómo. Si bien es cierto que las editoriales independientes suelen tener una línea editorial relacionada con unos valores éticos, las grandes editoriales ya no tanto. Hablando claro: las editoriales grandes van a publicar estos libros porque les van a traer dinero. Que quede claro que no culpo a las víctimas/supervivientes de aprovechar la oportunidad, sino que cuestiono las intenciones de las editoriales.
La cultura, concretada en las productoras cinematográficas y las editoriales, nos ha puesto la zancadilla a las mujeres cuando era conveniente, pero ahora nos quieren exponiendo nuestras heridas en primera página. Porque es lo que vende.
Y ni siquiera eso es gracias a las editoriales, sino a la conciencia feminista que se ha abierto paso en contra de la cultura que imperaba y que amenaza con volver. Si la ola machista coge fuerza y el feminismo vuelve a ser invisible como en los 90 y los 00, estas editoriales, dejarán de publicar libros sobre la violencia contra las mujeres desde nuestra perspectiva. El dinero todo lo corrompe, ya sabéis, también los libros, y sobre todo las intenciones tras ellos.
Por supuesto, el hecho de que grandes editoriales publiquen estos libros tiene cosas positivas.
- Primero, que señalan el cambio cultural por el que se da voz a las víctimas.
- Segundo, que pueden hacer llegar los libros con testimonios de empatía hacia las supervivientes a más gente que editoriales independientes y abrirles más puertas (por ejemplo, entrevistas en medios, mayoritarios).
Me alegra que esto sea así, pero lo mismo se aplica a otros de sus libros con mensajes que reiteran el status quo, como parece que hace El odio y los testimonios de Jordan B. Peterson, a quien ha publicado también una de estas grandes editoriales hace poco.
Por otro lado, la publicación de las historias de las propias víctimas no está siempre exenta de violencia y revictimización. La historia que cuenta Jane Marie en el episodio Dirty Dirty John de su podcast The Dream es el ejemplo perfecto.
John Meehan (más conocido como Dirty John) fue la pareja de Debra Newell, una diseñadora de muebles de éxito. Era muy controlador y un estafador, pero por suerte para Debra, sus hijas estuvieron alerta desde el inicio de su relación y la lograron alejar de Meehan. Sin embargo, Meehan intentó asesinar a una de ellas, Terra, en un parking. Esta se defendió y acabó por matar a su agresor. Es Terra quien aparece para contar una nueva historia de abuso, aunque muy distinto, en el podcast The Dream.
Un periodista se acercó a Terra y su familia tras el asesinato en defensa propia de Meehan, diciendo que querían entrevistarlas para un artículo. No pidieron consentimiento para grabarlas, pero lo hicieron, y acabaron creando una serie de episodios para pódcast con la idea ya de crear una serie de televisión. Para hacer eso, al menos en Estados Unidos, debes pedir unos derechos de vida, por los que pagas a alguien para contar su historia. Ninguna de las mujeres del caso recibieron dinero por el pódcast. De hecho, no sabían que iba a haber uno, se enteraron cuando salió. Por suerte, Terra tiene contactos en el mundo audiovisual y sabe algo sobre pagos y demás en cuanto a series de televisión, y así pudo asegurar algo de dinero al grabarse la serie, aunque poco.

El pódcast y la serie documental en Netflix sobre Dirty John tuvieron mucho éxito, tanto que el pseudónimo del agresor se ha convertido en un término común para designar a hombres que intentan estafar a sus parejas. Presumiblemente, pues, se ha recaudado bastante dinero a través de ambos formatos. Sin embargo, la retribución a las mujeres que sufrieron este evento tan traumático ha sido risible (de hecho, la presentadora de The Dream se ríe incrédula ante los hechos y las cifras que Terra Newell le relata).
Han expuesto su historia, sus heridas y su dolor ante el mundo entero, otros se han lucrado a su costa, y ellas… ¿cuánto han ganado?
No conozco el acuerdo exacto de publicación de las memorias de Gisèle Pelicot, pero una autora generalmente se lleva entre un 10-16% del precio de un libro con cada venta. Me imagino que Mme Pelicot no publica para hacerse rica, pero ¿cuánto dinero creéis que recaudará en proporción la editorial?
Este problema de remuneración se evidencia especialmente en casos donde la víctima fue asesinada y de ahí se construye un documental o una serie «basada en hechos reales». El caso de Gabby Petito lo ejemplifica a la perfección.
Gabby era vlogger (es decir, tenía una plataforma pública que la hacía más conocida que una mujer con otro trabajo). Aun así, nadie se dio cuenta de lo que sucedía detrás de sus vídeos de viajes con su pareja, Brian Laundrie. Esto no es tan sorprendente si tenemos en cuenta que en redes en general se proyecta una imagen distorsionada y positiva de la propia vida. Sin embargo, Gabby que pidió ayuda por otros medios: llamó a la policía, pero cuando estos llegaron a su caravana al ser ignorantes de los procesos de manipulación que son característicos de las relaciones de violencia de género, pasaron por alto las red flags de la situación. La experta en en ciencias conductuales Laura Richards lo explica perfectamente en la primera parte de su entrevista en el podcast A Little Bit Culty:
El caso tuvo mucha repercusión en EE.UU. porque Gabby era vlogger y porque puso en evidencia la poca preparación de la policía para detectar casos de maltrato. Por supuesto, la consternación al respecto del caso hizo que algunas personas vieran billetes ante sí.
Tras el asesinato de Gabby Petito y el posterior suicidio de su verdugo, Brian Laundrie, se hizo un documental que ahora está en Netflix. Gabby está muerta, así que ¿quién se ha beneficiado económicamente de su historia? Ella no. He intentado buscar esta información pero solo me aparece que los padres de Brian Laundrie, el asesino, fueron condenados a pagarle 3 millones de dólares a los padres de Gabby.
Creo que esta combinación de factores demuestra que la publicación del sufrimiento femenino no es necesariamente positivo. Hay infinidad de factores que pueden revictimizarlas: ya no solo la historia en sí misma, o quién es el narrador, sino las propias estructuras de creación y pago pueden ser un problema. Creo que es, de hecho, un problema tan grande que no vale con un «lo leo o no lo leo» a nivel individual. Cada acto es político, ergo cada compra es política también, pero cortar con la explotación de las mujeres y concretamente de las víctimas de violencia de género, requiere de una acción colectiva más contundente aún que el boicot al libro El odio.
A veces nos van a engañar, nos van a vender el empoderamiento cuando detrás hay justo lo contrario, y no tenemos del todo acceso a los procesos de subasta y creación de las historias para estar siempre informadas. ¿Qué hacemos con eso?
Hay cosas tanto positivas como negativas de la publicación y distribución de las historias de violencia contra las mujeres desde nuestra perspectiva. Es crucial que contemos nuestras versiones de los hechos. Esas historias sanan, y el hecho de que anteriormente carecieran de interés denota el estado catastrófico de insensibilidad hacia nuestro dolor que gobernaba hasta hace bien poco. Creo que a través de las historias personales se rompen barreras y se educa. Es fácil olvidarnos del dolor cuando solo vemos cifras, pero no tanto cuando nos cuentan el dolor con palabras. ¿O quizá esto es wishful thinking? Y¿cómo podemos hacerlo sin que vuelva a repercutir en nuestra contra?
¿Cómo ponemos en la balanza lo que ganamos y lo que perdemos con cada historia si no tenemos toda la información? ¿Qué hacemos cuando se revela un abuso de poder como el que sufrieron las mujeres Newell con la creación del pódcast Dirty John? ¿Hay una manera ética de publicar y lucrarse del sufrimiento de grupos oprimidos y discriminados? ¿Dónde está el límite?
Yo la verdad es que no sé cómo se soluciona un problema tan grande. ¿Vosotras que pensáis? Os leo.


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