Si me seguís en Substack desde hace unos meses puede que hayáis leído mi entrada sobre las suscripciones a cartas y mi crítica (ligera, porque ya muchas otras pensadoras se han metido en detalle a analizar esta tendencia) a lo análogico. Sin embargo, yo soy sin ninguna duda una analogue girly si es que alguna vez podría llamárseme a mí girly. Lo anoto todo en una agenda física, tengo varios calendarios por casa, me gusta hacer cosas con las manos, prefiero los libros en papel a los ebooks, me encanta pasear por el campo y en estos últimos tiempos siento que mi dopamina sube más cuando uso mi lector de DVDs (¿es esto analógico, o ya cuenta como digital, y si es así, hay rangos de digital?) que cuando le doy al botón de Netflix.

No me gusta el trend de lo analógico porque me parece que se hace desde la falsedad inherente a las redes. Es una nueva fase del desquicio capitalista.
¿Te sientes vacía? Céntrate en ti misma (más aún) y cómprate esta serie de cosas para ver si así ocupas tu tiempo, dejas de pensar en lo aburrida que estás porque nada es importante para ti, ya que te has desvinculado de todo y todos. Al fin y al cabo, lo más importante es que nadie ni nada se interponga en tu camino hacia la cima de una montaña árida y ventosa, donde el único árbol que crece está torcido, besando el suelo.
Pero quizá, de una manera que no es la que las redes sociales promueven, volver a lo analógico nos ayude a sanar la ansiedad constante de hacer.
Justo antes de que ser analógica se pusiera de moda, me compré un lector de DVDs. Me dio rabia la popularidad posterior, no os voy a engañar. Mi objetivo era hacer más uso de las bibliotecas que, además de libros, ofrecen audiolibros, documentales, películas, series, juegos…
Así podía ver más de las cosas que quería sin tener que pagar 5 suscripciones al mes. Sigo sin llegar a ver todo lo que quiero, pero mis opciones aumentan. Es curioso como lo que empezó siendo una propuesta antipiratería (si pagas esta suscripción podrás ver multitud de cosas sin gastarte el dineral que te costaría alquilar del videclub cinta tras cinta, DVD tras DVD), ahora se ha convertido un poco en lo mismo que quería solucionar.
Evidentemente, no tenemos por qué ver todo lo que sale. Tampoco tenemos derecho a ello, en realidad, al menos no sin pagar a sus creadores/as. Pero, ¿quién decide a qué accedemos cuándo y a qué precio? Las bibliotecas son un recurso muy valioso, pero limitado. Esto da para otro artículo en sí mismo, por gente con mayor conocimiento del tema que yo.
Pero en el mundo actual, decirnos que no tenemos por qué consumir aquello que se nos repite una y otra vez que NO NOS PODEMOS PERDER es como darle un tarro repleto de piruletas a un niño y decirle que no puede tomárselas porque son malas para los dientes. Os digo yo lo que le importan a ese niño sus dientes en ese momento.
En fin, vuelta al lector de DVDs. Me lo compré para consumir más. Y sin embargo, he acabo consumiendo menos, pero mejor.
Mi lector de DVDs está en el salón. No me lo puedo llevar al baño, ni a mi dormitorio, ni a mi despacho. Si quiero ver algo con él, tengo que estar sentada delante de él; la que se tiene que adaptar soy yo.
Gradualmente, en los meses en los que llevo usándolo, mi forma de consumir audiovisual ha ido cambiando hasta el día de hoy, en el que siento ya bastante cimentada, resurgida de las cenizas, una manera de ver cine que tuve y perdí. Lo que ahora llamaría visionado consciente, y que en mi adolescencia se llamaba, simplemente, ver la tele.
Cuando veía cosas solo con el móvil o el portátil, cada pausa en mi día estaba copada por algo: la serie de turno, un podcast, un audiolibro. Consumía por consumir. Terminaba una cosa y elegía la siguiente, sin pensar. Siempre había algo «lo suficientemente (poco) interesante» como para ponerlo de fondo.
Ahora que me siento ante el lector de DVDs, no puedo ver cualquier cosa. O podría, pero no quiero. Porque con ese acto, sentarme en un lugar concreto de mi casa, se hace evidente que estoy dando mi tiempo para hacer esto. Y aunque sigo teniendo una plataforma de streaming también y a veces escojo series o películas de su catálogo, lo hago también de una manera más consciente. ¿Qué es lo que realmente quiero ver?
Mi tiempo es el recurso más valioso que tengo, y es el tuyo también. Trabajo 8 h al día, estudio psicología, paso tiempo con mi pareja, leo, escribo, me veo con amigos. En realidad, no tengo mucho tiempo en el que no tenga nada planeado, y menos aún que no pueda llenar con algo interesante, y lo estaba dando como si tuviera todo el del mundo.
En el momento de escribir esto, hace unas semanas que no abro Netflix. Tengo una serie que empecé porque sí a mitad, y una película que elegí conscientemente pausada en la primera media hora. No creo que termine la serie porque, en realidad, no la quería ver. La ponía porque tenía que ver algo -si no sentía que perdía el tiempo, que como me encanta el cine, debería estar aprovechando cada minuto libre para consumirlo-, y esa fue la que me asaltó en el momento en que buscaba algo nuevo.

La película la continuaré, pero lo haré sentada en mi sofá y mirando la televisión. Si me interesa lo suficiente como para verlo, merece que lo haga con toda mi atención. Al fin y al cabo es un arte visual.
Desde hacía años, sentarme solo a ver algo me hacía sentir culpable. No estaba siendo productiva. Me ponía películas y series mientras hacía manualidades, cocinaba, o hacía deporte. No había silencio, siempre estaba multitasking. No había ocio sin producción: los libros iban a Instagram, las películas se veían mientras hacía otras cosas.
Qué angustia solo de pensarlo ahora.
Después vi Parásitos (2019) mientras hacía otras cosas y me di cuenta, como debería haberme dado cuenta antes, de que me había perdido la mitad de la película por no estar mirando del todo la pantalla.
Con el lector de DVDs y esta obviedad, mi resolución está clara: si quiero ver algo, tengo que verlo dándole toda mi atención. Como antes. Como cuando era adolescente y veía películas con mis padres en el sofá cada viernes, con pizza y patatas fritas, la tarde en que todxs quedábamos relegados de las exigencias de nuestras responsabilidades.
Mi disfrute y tranquilidad ha aumentado bastante. Cuando pienso en lo que estoy viendo siento algo, cosa que no me pasaba desde hacía mucho: ilusión, ganas. Tener que esperar para el disfrute, eso que ahora en esta economía de la inmediatez y la superficialidad está tan poco valorado, aumenta mi deseo de hacerlo y el placer cuando me pongo con ello. Se siente como una recompensa más que como «esa cosa que hago para desconectar».
Poco a poco, este modo de consumir se ha ido extendiendo a otras artes: los libros y los podcasts. Soy más selectiva. Si algo no me gusta, no sigo hasta el final.
Aún me queda mucho por trabajar para disfrutar de “no hacer nada” sin culpa, para moderar mi consumo para que sea más consciente y me dé alegría, más que hacerlo de manera compulsiva, impulsada por la ansiedad de perderme cosas y de aprovechar cada segundo de mi tiempo. En un giro de tuerca que yo al menos no esperaba, resulta que si lo aprovecho todo, no disfruto nada.

Deja una respuesta