Ana y Óscar de Los años nuevos sonriendo sobre fondo azul

Los años nuevos: Óscar, querido, eres un maltratador

He visto Los años nuevos (2024) dos veces: una sola y otra con mi pareja. Con esto quiero decir que, a pesar de que me voy a quedar bien a gusto con esta reseña, la serie en sí me parece muy bien hecha. Verla es como volver a ratos a mi Madrid natal. Me imagino a Ana y a Óscar en mi grupo de amigos y quiero que les vaya bien. Que Ana resista a quienes la hacen de menos y Óscar deje atrás sus inseguridades. Quizá así dejase de ser un maltratador.

Ana y Óscar en la portada de la serie

Los años nuevos es una serie creada por Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra. Sigue la vida de Ana y Óscar, dos jóvenes que se conocen de casualidad un año nuevo cualquiera y cuyas vidas se entretejen durante los 10 años siguientes. Cada episodio es ese mismo día según al año siguiente, un poco al estilo de One Day. Es una serie extremadamente humana, que muestra dos personajes grises que podríamos ser cualquiera. Sí, cualquiera. Creo que, por desgracia, hay muchos hombres -y no pocas mujeres- como Óscar.

Óscar no es un villano fácil de identificar como en otras creaciones donde se narra una relación de maltrato. De hecho, no creo que en la serie se pretenda contar una historia así, ni que hayan creado a Óscar pensando que llevaría la etiqueta de maltratador. Y por eso es tan realista.

Diría que muchos maltratadores no creen que lo son. Como se ha repetido hasta la saciedad, el maltrato comienza mucho antes de los golpes. Como afirma Lundy Bancroft en su libro Why does he do that? cada maltratador tiene una línea que no está dispuesto a cruzar y que, para él, es lo que le convertiría en maltratador. Muchos jamás levantan la mano, pero a nivel social no estamos ni de lejos preparados para analizar esto.

Aún seguimos dudando de las historias de las que salen amoratadas.

El primer paso es anular a la persona, deshacer su autoestima y su confianza en su propio juicio. Hacerla depender de la validación del maltratador y las decisiones que él toma. Así es como obtienen el control. Y si eso no funciona, entonces recurrir a la fuerza.

Estoy seguirísima de que si alguien le dijera a Óscar lo que opino de él, estaría absolutamente escandalizado, no se esperaría esa acusación ni en lo más mínimo. Según él, es uno de los buenos: un hombre de izquierdas, tierno, que solo quiere alguien que le comprenda y le ayude. Destila la energía del good boy que nunca se ha planteado que es realmente hacer el bien. Que va por la vida haciendo las cosas «como se deben hacer» -¿según quién, pregunto yo?-, y culpando a los demás de sus desgracias.

Lo que pasa es que sus parejas son irresponsables, alocadas, egoístas… Si fueran buenas parejas -jamás diríra «buenas mujeres» porque se le verían los colores- no habría problemas.

Precisamente por adentrarnos en la psicología de Óscar con tanto éxito, Sorogoyen y compañía consiguen que no le veamos de manera externa y con predisposición a ponerle la etiqueta de «malo», como en otras series. Por eso me he tenido que ver la serie dos veces, para identificar las cosas que me molestaron tanto de Óscar en mi primera ronda.

Óscar tiene una actitud depresiva desde el primer episodio que se te contagia un poco. Es de esas personas tristes que entristecen a los demás. Y, mirad, yo sé lo que es estar muy, muy triste. Clínicamente triste, si me queréis entender. Es una putada. Pero estar triste, deprimido o frustrado no hace a los demás responsables de darte la felicidad. De hecho, no pueden. Mucho menos te da el derecho a quitársela. Sin embargo, eso es lo que parece querer Óscar. Que las mujeres de su vida le den algo de la alegría que ellas contienen, sin reponérsela.

Óscar es como una empresa extractivista. Saca y saca y saca de la tierra, y solo da dinero a cambio. Un bien frío, inerte y solo útil para un sector muy limitado de quienes usan la tierra.

Su primera pareja (Vero, creo) y Ana tienen una cosa en común: tienen una fuerza poderosa dentro de ellas, arrollan con su energía, son independientes y alegres, les gusta divertirse y saben cómo hacerlo. Ellas hacen sus propias normas. Un poco todo lo contrario a Óscar.

Ninguna de las dos es perfecta, y ese es otro de los aspectos que oculta el maltrato de Óscar. Normalmente, para reconocer la violencia en la pareja, necesitamos que nos lo pongan bastante claro: él es un monstruo sin emociones, y ellas son buenísimas, lo que se conoce como «la víctima perfecta». Cuando esos dos componentes no están, nos cuesta mucho más entender lo que está sucediendo tanto en la vida real como en la ficción.

Óscar sigue las normas que le han marcado. Quiere cosas que, parece, le hacen infeliz. Una carrera como médico, parejas con las que no se entiende. Hijos: le pregunta a Ana si quiere ser madre la primera noche que se acuestan: ¿quién coño hace una pregunta tan íntima así de pronto, a bocajarro? Cuando se entera de que Ana ha tenido un hijo con otro hombre se altera bastante, y acaban en un impass típico: Óscar echándole en cara a Ana que ha hecho las cosas mal.

Óscar no tiene mal fondo. No es que quiera conscientemente desmoronar a Ana. Pero es incapaz de pensar dos palmos más allá de sí mismo ni de gestionar sus propias expectativas y emociones. En consecuencia, cuando sale herido o defraudado, echa balones fuera: la culpa nunca es suya. Esa característica es, en mi opinión, una de las que con más seguridad de convertirán en un maltratador.

La primera vez que les vemos, Vero cortó con Óscar hace 7 meses, pero él ha salido de fiesta con ella pensando que van a volver. Ella está interesada en otro chico con el que también están en el garito. Óscar se ha enfurruñado, creando una atmósfera tensa y rara, echándole en cara a Vero que no quiera volver con él pero que le invite a la fiesta. Pero ella ha sido clara: quiere ser su amiga y en función de eso le ha invitado. Es él el que se ha montado historias en su cabeza, pero en lugar de asumir lo sucedido y gestionarlo, se lo pone a Vero encima, arruinando la noche entre ellos.

Algo similar le sucede con Ana. En su viaje a Berlín un par de años más tarde, después de que Ana y Óscar hayan empezado su relación al fin, él le echa la culpa a ella de su infelicidad. Él es miserable porque está de interino en el hospital, haciendo turnos largos y guardias. Se ven poco porque los horarios de ambos son diferentes. Ana, sin embargo, sigue para alante. Esa disparidad no tiene nada que ver con él, no, sino que es culpa de ella. Óscar espera que ella le saque del hoyo en el que está y cuando fracasa, se transforma en mala novia.

Se lo dice así de explícitamente: podrías hacer algo para alegrarme. Como si ella fuera la única responsable.

Esa parece ser la actitud con la que Óscar afronta todas sus relaciones. El quid de la cuestión es que él tiene que estar feliz y para que eso sea posible, el resto tiene que amoldarse a sus deseos. Tienen que, incluso, leerle la mente. Si no, hará pagar a alguien por su sufrimiento. Se lo hace a Ana, pero también se lo hace a Vero, a su amiga Palo cuando esta le dice que Ana ha tenido un hijo con otro hombre, a su amigo Guille cuando está en el centro de rehabilitación. Incluso se mete en una pelea para, de alguna manera, dejar salir su malestar y ponérselo a otros encima a base de palabras, o en este caso, de puños.

Comportarse así tiene un nombre: egoísmo. Las cosas que hace por otros parece hacerlas porque se sabe las reglas sociales, no porque realmente quiera hacerlas, porque le salga. Pero el trasfondo de sus interacciones, especialmente con las mujeres, suele ser que hagan lo que él quiere.

El problema es que él sabe que obligar a otros, directa o indirectamente, a hacer lo que él quiere está mal. Y él necesita que le vean con buenos ojos, necesita ser el chico bueno. Así que lo hace a través de la manipulación emocional, y espera que el resto acate. Cuando muestran su descontento: enfado. Todo tiene que ser como él quiere y además el resto deben estar agradecidos de que así sea, porque él es responsable e inteligente, y sabe mejor que el resto lo que conviene hacer.

Buscando una alegría que claramente falta en la relación, Ana está mensajeándose con un compañero de trabajo. No hacen más que intercambiar mensajes y risas, pero Óscar está celoso. Le ha mirado el móvil a Ana y le pregunta a ella que si «se lo ha follado». Ana, ofendida, responde que no y tras mucho insistir, admite que si no estuviera con Óscar quizá sí se hubiera acostado con su compañero. Más adelante, confiesa que sí se acostó con ese otro.

Ya me puedo imaginar que muchas personas justificarían la campaña continua de machaque de Óscar porque ella le puso los cuernos. Pero es que no va de eso: nadie se merece que le maltraten, aunque no sea perfecta, o ni siquiera nos caiga bien.

No creo que haya excusas para engañar a tu pareja, pero sí creo que hay explicaciones, y que no todas las motivaciones son iguales. Siento que Ana, en este caso, se deja llevar por el malestar que siente en la pareja y actúa así porque es una manera de escapar de la nube de pesimismo que rodea a Óscar.

Por suerte, Ana tiene bastante autoestima al inicio de la serie, la justa para que las acusaciones de egoísmo, de engaños y de ser mala pareja, aunque le duelan, no la hagan dudar de que tiene que acabar con la relación. Ella puede ayudarle, y lo intenta, pero es él quien tiene la responsibilidad última de cuidarse.

Este último intercambio es la gota que colma el vaso. Ana, miserable y aburrida, decide dejarlo con Óscar.

¿Sabéis quién se comporta como Óscar en ese coche, con esa agresividad verbal, sospechas infundadas, exigencias imposibles e injustas? ¿Sabéis quién le vigila el móvil a su pareja? You guessed it. Un maltratador.

Supongo que habrá quien diga que ponerle los cuernos a tu pareja también es un signo de maltrato. Podría ser. No creo que sea el caso de Ana, porque ella no ha buscado anular a Óscar para poder engañarle a gusto sin que pueda marcharse; ella buscaba una escapatoria. Ella, de hecho, a renunciado a varias cosas y ha moldeado su vida a la de Óscar para intentar hacerle un poco más feliz. Ha dejado de ser quien era para estar más triste, y esa el la señal más grande de que algo va mal. Él sigue siendo igual que fue siempre.

Tampoco es que haya una única cosa que haya hecho Óscar a lo que podamos apuntar para señalarle como maltratador: es una combinación de cosas pequeñas que componen el cuadro, y esas cosas están en la combinación de palabras y gestos, los tonos, lo que se dice y se deja sin decir.

Pasan un tiempo sin hablar. Ana por fin vive en el extranjero, un sueño que no había realizado aún porque Óscar no quería irse de España. Sin embargo, ambos siguen pensando en el otro, sin poder pasar página del todo.

Entiendo que Óscar no pueda superar a Ana, porque Ana es una mujer divertida, inteligente, aventurera. ¿Cuántas personas no han dado por sentado a quien tenían al lado para arrepentirse más tarde cuando se van y se dan cuenta de lo que han perdido?

Lo que no entiendo es qué le obsesiona a Ana de Óscar. De verdad que he intentado verlo desde una perspectiva neutra, una perspectiva no feminista, ver qué tiene ese hombre que tanto la llama. Soy incapaz. Para gustos, colores, sí, pero de verdad que no consigo verlo. No entiendo cómo Vero y Ana, dos mujeres tan rebeldes e independientes, se sienten atraídas hasta tal punto por Óscar que salen con él varias veces.

Lo entiendo aún menos porque, después de estar con Óscar, Ana ha cambiado. Se ha apagado un poco, sonríe menos y cuando lo hace es menos auténtico. Le da vueltas a lo que tiene que hacer. Es menos divertida, claramente menos feliz.

El caso es que un día se reencuentran y charlan. Él se toma fatal que ella tenga un hijo con otro hombre y empieza a acusarla de cosas, como hacía cuando estaban juntos. Ella, que ya se sabe la cantinela, dice sí, siempre lo hago todo mal, si ya lo sé. Buah. Qué otra frase necesitas para saber que una persona se siente crónicamente infravalorada. Que quien marca la línea del bien y el mal es otro y tú siempre estás en el lado incorrecto cuando le conviene.

Y a pesar de ello, Ana le escribe de vuelta pidiéndole disculpas por su reacción y diciéndole que se vean. Que alguien me lo explique porque no lo entiendo. Y lo digo de verdad, si vosotras tenéis alguna hipótesis de qué narices le pasa a Ana con Óscar, ponédmela en comentarios porque necesito entender esto.

Más adelante, en el último episodio, averiguamos que Ana vuelve estar engañando a su pareja, esta vez con Óscar. Aunque sufre por la situación, y aunque en su día perdió los papeles por los cuernos que no sabía que le estaban poniendo, ahora Óscar sigue con el juego. No quiere, claro, porque quiere a Ana para sí mismo, pero se conforma con lo que puede tener. El problema: vuelve a arremeter contra Ana con toda sus fuerzas, a cargar el dolor que le genera la situación que él está eligiendo sobre los hombros de ella. Y oye, es humano, está sufriendo y el dolor sale de manera imperfecta. Pero es que ya van muchas iguales, Óscar. Y las cosas que suelta por la boca son muy feas: ella siempre tiene la culpa de todo, él es la víctima inocente, corrompido por la voluntad alocada de Ana.

Huid de quien no es capaz de tomar responsabilidad de sus propios actos ni su propia vida.

Y aun así, vuelve con él.

Creo que dentro de los sectores más progresistas hay muchos Óscar. Creo que nos conviene entender que la simpatía no quita el daño que provocan personas como él. Creo que es esencial que las mujeres, especialmente las de izquierdas, comprendamos qué formas toma el maltrato más allá del hombre embrutecido. Ese que siempre quiere que le tengas pena puede ser igual de dañino para nuestra autonomía.


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