Nosferatu (2024), donde la fantasía masculina del s. XIX y XXI se dan la mano

Posiblemente los remakes y los retellings sean las producciones más frecuentes y esperadas de estos últimos años. Esto es una manifestación más del viraje hacia el conservadurismo de los últimos tiempos: no queremos cosas nuevas, no queremos arriesgar, queremos más de esas historias que ya sabemos que nos gustan. ¡El mundo ya es lo suficientemente imprevisible como para encima experimentar con la ficción! Lo viejo siempre fue… ¿mejor?

Aunque entiendo la motivación para esta deriva cultural, me da pena y un poco de rabia también. No soy dada a la repetición, por lo que me frustra el estancamiento de la creatividad que supone hacer muchos remakes y ocupar con eso el dinero y el tiempo que podría invertirse en nuevas historias.

Cuando empecé Nosferatu (2024), no sabía que iba a ser otro ejemplo más de esta tendencia, elevado, además, a la enésima potencia: un remake de un remake sin ápice de originalidad. Tendría que haberlo sabido, supongo, porque el nombre de este vampiro es conocido. Pero no sabía que la película original de 1922 era una adaptación calcada de Drácula de Bram Stoker (una versión literaria de un remake, vaya). Tristemente, Eggers nos lleva de vuelta a la década de los años 20 desde su propia interpretación de los «hechos» de esta historia.

A consecuencia de esto, empezamos un poco con mal pie. Sin embargo, Drácula me gustó bastante en su día y me interesan los vampiros, así que estaba dispuesta a ir con la mente abierta y dejarme sorprender. Al fin y al cabo, un retelling o un remake siempre ofrece algo nuevo, por eso se hace… ¿no?

¿Qué pasa cuando ese algo «nuevo» nos transporta aún más al pasado?

Bienvenidos/as a mi aportación a la conversación sobre Nosferatu de Robert Eggers.

¿Puede ser una adaptación moderna más anticuada que la versión original?

El mundo del arte puede ser un ambiente de vanguardia, de empujar los límites sociales para deformarlos o expandirlos. Puede ser un lugar de denuncia. Pero también puede ser un entorno de represión, de reforzar los valores de siempre. La cultura tiene el poder de darle forma a la conducta humana tanto para bien como para mal.

En consecuencia, una de las cosas que más me molesta en el ámbito de la cultura, especialmente la mainstream, es cuando algo se vende de una manera (generalmente con valores progresistas, feministas, «transgresores»), pero es la contraria. Creo que en este caso no fue el equipo de marketing quien tomó la decisión de anunciar la película como lo que no era, sino que fueron las redes. Nosferatu ruló por los perfiles de muchas comunicadoras feministas con críticas positivas. Por lo tanto, cuando empecé la película creí que vería un retelling de una historia de ambientación gótica (yes, please), con un giro contemporáneo que aportaría una nueva interpretación a la historia.

No fue el caso, al menos no desde el punto de vista de las mujeres del relato.

La historia de «amor» se da entre Nosferatu (Bill Skarsgard) y Ellen Hutter (Lily-Rose Depp), una joven casada de la que no sabemos nada más, porque ella no es nada aparte de joven, casada, y el objeto de la obsesión del Conde Orlok. Ah, sí, y tentadora. Muy en línea con la idea gótica (y contemporánea) sobre la mujer.

El arquetipo de mujer de la época gótica era una marabunta de ideas regresivas (como en cualquier época, supongo, pero con sus reglas particulares). En épocas de cambio como lo fue la Época Victoriana suelen darse pasos atrás en asuntos sociales porque ante la inestabilidad de ciertos aspectos (muchas veces económicos o tecnológicos) se busca la certeza en otros (la opresión de colectivos históricamente menos poderosos, la vuelta a los valores tradicionales). Por eso en la Época Victoriana, momento de industralización, colonización y migración masiva a las ciudades, se reforzaron ideas misóginas sobre las mujeres y el racismo fue en auge.

Las mujeres de clase media o alta, o cuyas parejas estaban intentando ascender, como Hutter, tenían que ser delicadas, flores que exhibir para los hombres como símbolo de estatus. Quedarse en casa, ser dependientes de sus maridos y obedecer. Y no necesariamente era la Iglesia a solas quien promovía estos valores, como tampoco lo es hoy en día. En este momento, en paralelo a la progresiva secularización de la sociedad, surge la psiquiatría y las mujeres que no cumplen con el canon social son categorizadas como locas. El Estado también tiene un interés claro en que las mujeres permanezcan calladas y sin poder.

Lo que antes era posesión, ahora es locura.

En Nosferatu se concretiza esta línea de opresión tan difícil de trazar: Ellen Hutter es tratada como una loca por uno de los médicos, pero otro reconoce lo que sucede en realidad. Hutter está poseída por un ser maligno que traerá desgracia para toda la ciudad. Quizá Eggers pretendía darle un giro «progre» a la película al retratar a Hutter como una mujer que, aunque la tachen de loca, sabe lo que le está sucediendo en realidad. Ya le dio un giro a otra figura oscura de la historia de las mujeres, la bruja, en su famosa película The V.V.I.T.C.H. pero a mi parecer, esta vez no lo ha conseguido. La fuerza del personaje de Depp se pierde al hacerla sumisa a los deseos de Nosferatu y de su marido.

La aportación de Eggers a la saga de Nosferatu da un único elemento que, yo creo, no estaría presente en interpretaciones anteriores. Aunque en Drácula se puede leer un componente sexual en la historia, este es mínimo y discreto. En una adaptación adecuada a nuestra época, Eggers ha subido la importancia de la sexualidad en la trama hasta tal punto que da cringe y se vuelve problemática.

Es frecuente en la cultura actual, sobre todo aquella escrita por hombres, ver que se equiparan el sufrimiento y el placer femenino, como si no hubiera líneas claras que los separan. Curiosamente, esto no suele suceder con los personajes masculinos: lo que les da gusto, les da gusto; lo que les duele, les duele. En Nosferatu, esta confusión es tan explícita que yo me pregunto qué pasaba por la cabeza del creador en el momento de rodarlas. ¿Todo bien en casa, Eggers?

El debate feminista en torno a Nosferatu (2024) se centró en el asunto de si las mujeres pueden verse atraídas por el mal. En otras palabras, que dejemos de criticarlas por desear algo que les perjudica. Creo que ese tema es demasiado complejo como para debatirlo en stories de Instagram, pero aparte de eso, no es realmente ese aspecto el que a mí me parece preocupante.

Lo que me parece una señal de alarma es la erotización del sufrimiento femenino que, debido a la regresión conservadora que estamos viviendo, pronostico que veremos cada vez más. Ensalzar el sacrificio y el dolor de las mujeres nunca nos ha abandonado del todo, pero últimamente veíamos representaciones del deseo femenino bastante más matizadas, diversas y, sobre todo, placenteras. Tanto Nosferatu (2024) como la T3 de Euphoria señalan que esos momentos se están acabando.

En la Nosferatu actual, Ellen Hutter no se ve atraída por el chico malo que se mete en problemas porque la vuelve loca en la cama. Nosferatu posee su cuerpo y lo retuerce, lo coloca en posturas antinaturales, lo agarrota, lo asfixia, le hace sangrar los ojos. Se ve claramente que ella está sufriendo mientras gime. Enfermiza y angustiada, Ellen Hutter está en cama mientras el médico la estudia y Eggers aprovecha para enseñarnos su pezón a través del camisón sudoroso. Hutter no lo está pasando bien, pero si hemos de creer al guión y sus gemidos, parecería que sí.

Esto es aplicable a todas las mujeres deseables de la película (por suerte, Eggers se corta con las niñas): mientras las ratas dirigidas por el Conde Orlok muerden a la mejor amiga de Hutter, esta se retuerce y gime en el suelo con un pecho al aire.

¿Necesidad del desnudo? Ninguna. Pero una teta joven siempre vende.

Y como guinda del pastel, para calmar al vampiro que les atormenta, el pueblo gitano que vive cerca del castillo del Conde Orlok sacrifica periódicamente a una virgen que va montada desnuda (por supuestísimo) sobre un caballo. ¿Podría ser esto una referencia carca a Lady Godiva?

Curiosamente, cuando es el señor Hutter el que está siendo drenado de sangre cada noche por el vampiro, hay sueños febriles, enfermedad, sufrimiento, sudor y delirio, pero no hay sexualización.

Hay otro producto «cultural» en el que el dolor y el placer de las mujeres se confunde hasta ser la misma cosa. Sí, lo has adivinado: la pornografía. Mientras veía Nosferatu no podía evitar creer que estaba viendo una versión light y paranormal de esa cosa que llevo evitando como la peste (jeje) desde que tengo uso de razón.

Una vez encontrado el paralelismo, el debate en las stories de las influencers cobró un sentido nuevo.

Una Lolita gótica sigue siendo una Lolita

Aun así, lo más espeluznante para mí es la insinuación pedófila que permea la película. Primero, evidentemente, la caracterización acorde con la época que hace Eggers de las dos mujeres principales, especialmente de Ellen Hutter. Parece ser que Eggers se documenta muchísimo sobre el contexto histórico para cada película que dirige, y las mujeres de clase media/alta en la Época Victoriana estaban infantilizadas. Tenían que ser dependientes e inútiles, inocentes y confiadas, sumisas y obedientes.

No sé si fue aposta, pero el personaje de Hutter incluso se da un aire a Wednesday Adams, una niña con tendencias muy oscuras.

Las insinuaciones pedófilas no se quedan ahí. La «relación» entre el Conde Orlok y Ellen Hutter comienza cuando esta es una niña. Se supone que es ella quien llama al vampiro, y lo hace con tanta intensidad que le despierta de su letargo, condenándole a desearla por siempre, hasta que ella se dé a él por completo. O sea, que la culpa es de ella. Este discurso lo hemos oído mil veces acerca de menores que «tentaron» a los adultos de su alrededor, lo que muchos hombres interpretaron de Lolita de Nabokov. ¿Cómo va un monstruo tan poderoso como el conde a poder controlarse un poquito?

La primera escena de la película, en la que se supone que la joven Ellen está llamando al Conde Orlok, acaba con ella convulsionándose sobre el suelo y agitando la mano de una manera que, para quienes piensan mal como yo, se parece bastante a una felación bastante violenta.

El deseo masculino inescapable e incontenible

Para seguir en la línea de cosas no revolucionarias, el final de Nosferatu (2024) remata el conservadurismo de la obra. En un momento dado, el Conde Orlok dice:

No puedo [amar], pero no puedo estar saciado sin ti.

¿Es el Conder Orlok en realidad una manifestación física del deseo masculino sin deconstruir? Puede ser. Es precisamente la imposición del deseo de los hombres, su incapacidad para aceptar que a veces las cosas no pueden ser como ellos quieren, que hace de algunos de ellos seres tan peligrosos para nosotras. Y es eso precisamente lo que terminará por matar a Ellen Hutter.

El conde no va a parar hasta que Mrs. Hutter «sea suya». Intentó matar a su marido, que logró escapar, ha matado a su amiga y a las hijas de esta, por no mencionar a todas las personas de las que se alimentó por el camino. Si Ellen no hace nada, básicamente Orlok va a asesinar a toda la ciudad. Porque oye, él puede matar a todo quisqui, pero Ellen tiene que irse con él voluntariamente.

Cuando el médico ocultista le dice a Ellen lo que tiene que hacer para que la pesadilla se acabe (darse al monstruo y «entretenerle» hasta la salida del sol), esta acepta hacer el sacrificio. No hace falta ver la escena de su «entrega» para saber que lo que tiene que suceder se asemejará mucho a una violación por el bien del mundo. Ella deja que el vampiro le muerda (se oye hasta el crujir del hueso), no en el cuello, sino entre los pechos. Así Eggers aprovecha y cuela un desnudo de Depp en la película. El contraste entre la deformidad del monstruo y la perfección de Depp refuerza un cierto trend social: mujeres más jóvenes, mejor conservadas, más atractivas que sus parejas.

Mientras el Conder Orlok la vacía de sangre, Hutters gime y le pone la cara una y otra vez entre sus pechos para que siga bebiendo y así no se escape antes de que salga el sol. El vampiro, aunque ve que el tiempo se le acabe, no es capaz de oponer mucha resistencia y acaba achicharrado en el amanecer. Un clásico tiran más dos tetas que dos carretas.

Entre gemido y gemido, Hutters pierde la vida en el culmen de la unión entre deseo y sufrimiento femenino. Si solo tenía que ofrecerle su sangre para que el conde quedara prendado de ella, su desnudez, repentina y sorprendente, era innecesaria. La confusión entre dolor y placer que tantos problemas causa en las vidas sexuales de las mujeres contemporáneas fue absolutamente una decisión del director, tan innecesaria que resulta incómoda y rebaja la calidad del largometraje.

En definitiva, lo que tiene que decir el Nosferatu de 2024 ya lo has oído de tantas fuentes distintas que resulta difícil señalar a un solo sitio. Vaya, que te la puedes saltar.


Descubre más desde Clementine Lips | Reivindicando desde la intimidad

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *